Los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos y están dispuestos a sacrificar la vida, si fuera necesario. Por eso, por ejemplo, si uno de ellos tiene una enfermedad en el riñón son capaces de donarle uno propio. Lo hacen porque los aman y no les desean ningún mal. Esto es lo que le ocurre a Dios con nosotros porque Él es nuestro padre.

“Para hacer cosas extraordinarias en tu vida, Él necesita que tengamos una actitud de fe. La Biblia está plagada de promesas de Dios para todos aquellos que creen. Para obtener resultados no sirve creer de manera teórica”, afirmó el obispo Paulo Roberto. Si crees y obedeces ocurrirán cosas grandes en tu vida. Para entenderlo mejor debemos conocer 3 historias: la del joven rico, la de Abraham y la de Zaqueo.

El joven rico quería heredar el Reino de los Cielos y le preguntó a Jesús qué tenía que hacer. Como él ya era religioso y no cometía pecados capitales Dios le pidió un verdadero sacrificio: “[…]vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme” (Mateo 19:21). Como el joven estaba muy apegado a sus riquezas no contempló esta opción. Así que únicamente se desanimó porque supo que nunca podría alcanzar lo que tanto ansiaba.

La reacción de Abraham fue totalmente distinta. Dios le dijo: “Vete de tu tierra […]” (Génesis 12:1), y lo hizo. Era príncipe y renunció a todas sus posesiones porque a pesar de tener todo lo material se sentía triste y frustrado.

Zaqueo, por su parte, trabajaba para el Imperio Romano y defraudaba al pueblo. Era el jefe de los ladrones y un hombre muy rico. Hacía cosas malas porque era un ignorante que no conocía la Palabra de Dios. Un día, en la casa de Zaqueo, Jesús hablaba con él cuando de repente se levantó, se puso de pie y sin que Jesús le pidiera nada, le dijo: “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lucas 19:8). En aquel momento él estaba renunciando a todo y sacrificando sus posesiones porque quería la salvación. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa […]” (Lucas 19:9).

Abraham creyó en la Palabra de Dios y obtuvo mucha más riqueza. El joven rico también tuvo su oportunidad, pero no obedeció y lo perdió todo. Zaqueo fue salvado porque demostró una fe viva y verdadera.

Lo que Dios quiere hacer es mucho más grande de lo que puedes imaginar. “He visto a mucha gente que llegó sin nada y hoy son muy ricos. Él quiere hacer lo mismo en vuestras vidas, pero necesitas creer. La fe tiene que ser practica y no teórica”, señaló el obispo Paulo.

Dios es capaz de hacer lo que parece imposible. Somos nosotros los que Le limitamos cuando no creemos. “Dentro de la iglesia hay personas muy prósperas que llegaron con su vida destrozada, pero se aferraron a Dios y todo cambió. Hoy son personas exitosas. ¿Por qué unos conquistan y otros no? No es porque Dios sea injusto.  Quien tiene que tomar la decisión de fe es uno mismo”, apostilló el obispo.

Hay personas que están desanimadas, deprimidas, frustradas porque trabajan mucho pero no logran realizar sus sueños ni alcanzar sus metas. Esperan que los resultados lleguen por sí solos pero la realidad no funciona así. En la vida unos creen, se lanzan y conquistan. Otros, en cambio, creen pero no tienen valor para sacrificar y la vida sigue igual. Si hacemos siempre lo mismo, ¿cómo vamos a obtener resultados diferentes?

Dios no discrimina a nadie, no tiene hijos preferidos. Él es justo y quiere lo mejor para nosotros. El problema es que quiere bendecir a todos, pero no todos están dispuestos a poner sus vidas en la dependencia de Dios como hizo Abraham.

En definitiva, Él nos da la Palabra y nos compete a nosotros creer y obedecer, o no. Dios no puede obligarnos a hacer nada y el diablo tampoco. Ambos trabajan con la palabra. El diablo con la de duda y Dios con la de fe. ¿Qué palabra decides escuchar?