“Los soberbios se burlaron mucho de mí, mas no me he apartado de Tu Ley”.

(Salmos 119:51)

Es natural que los que no creen no entiendan a los que creen. Se burlan, como si tuviéramos que avergonzarnos de la Palabra de Dios. El inteligente sabe que vale mucho más agradar a Dios que agradar a los hombres. Estos mismos que hoy se burlan, no tienen paz, no duermen por la noche, tienen un vacío que solo ellos conocen y que esconden detrás de bromas.

Otra clase de soberbios vive dentro de las iglesias, e intenta hacer que los sinceros se sientan tontos, diciendo que la cosa “no es tan así”. Viven hace años remando dentro de la iglesia. Reman sin fundamento, como mejor les parece, esperando que el cumplimiento de las promesas caiga del cielo, como por arte de magia. Solo podrán ser ayudados cuando asuman que necesitan ayuda. El Señor Jesús solo puede salvar a aquel que se considera perdido. El
humilde, el sincero.

Aquel que es perseguido a causa de la Palabra de Dios, vive por la Palabra de Dios. No se aparta de la Palabra que tanto ama. Ama porque sabe en Quién ha creído. Aquel que cree asume su fe y cosecha los frutos de la promesa. Va hacia adelante, cueste lo que cueste, le duela a quien le duela. No se deja intimidar por nadie. “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío,
primeramente, y también al griego”. (Romanos 1:16)

¿Cómo tener vergüenza del Poder de Dios? ¿Cómo tener vergüenza del que salva al perdido? Los soberbios, los que se burlan, que se queden en su ignorancia. Los que se burlaron de David, ¿ganaron algo? Sin embargo, David tuvo su reinado bendecido por Dios, venció batallas, destruyó ejércitos, logró victorias increíbles e incluso murió en paz, con la certeza de la salvación.

Ve hacia adelante, cueste lo que cueste, le duela a quien le duela.