¿Quién no ha cometido errores? ¿Quién no ha pecado? Unos caen en las drogas, otros en el adulterio, otros en la prostitución, pero afortunadamente, todos tienen la oportunidad de empezar de nuevo. “Cuando te entregas, te rindes y crees en Jesús como tu único Señor, recibirás el perdón, la salvación y la nueva vida”, afirmó el obispo Paulo Roberto en la última reunión.

La Biblia nos cuenta que Rahab no pertenecía al pueblo de Israel. Era una mujer que idolatraba a los dioses de Jericó y que tenía un prostíbulo en los muros de esa ciudad que, además, iba a ser destruida porque era un pueblo perverso y rebelde que se levantó contra Israel. Esta mujer lo tenía todo en contra. Reunía muchos requisitos para acabar con su vida totalmente arruinada.

¿Qué le salvó? Su fe, porque Rahab creyó en el Dios de Israel. Josué envió a la casa de esta mujer a dos espías de Israel. El rey de Jericó mandó allí a sus soldados para llevarse a esos hombres. Rahab les escondió arriesgando su vida y la de su familia.

Ella creyó, se entregó, fue fiel al Dios de Israel porque sabía que solo Él, podía salvar su vida. Esos espías mandaron que ella pusiera un listón rojo en su casa para que sirviera de señal. Todos los que estuvieran ahí dentro no serían destruidos.

Cuando el pueblo de Israel liderado por Josué fue a invadir Jericó, dieron 13 vueltas alrededor de las murallas y tocaron las trompetas. En ese instante los muros de Jericó comenzaron a caer, pero la casa de Rahab que estaba encima del muro, se mantuvo. Josué mando a los espías para que fueran a su casa a salvar a Rahab y todos los que estaban en ella. Su familia fue salva y les llevaron al campamento de Israel. Después, la casa cayó. “De la misma manera que le sucedió a Rahab, a ti también te puede pasar: ¡Tu vida puede cambiar! Nosotros, en el Centro de Ayuda Cristiano, estamos haciendo la cadena de Jericó, los viernes a las 8 de la tarde, para derrumbar las murallas de tu vida”, aseguró el obispo.

La historia de Rahab no termina ahí. La fe es el comienzo de una nueva vida. Ella manifestó la fe y fue libre, pero no significa que todo va a cambiar de la noche a la mañana. Se arrepintió, dejó el pecado, la prostitución, creyó en Dios y vivió una vida digna, limpia y honesta. Dios honró a esta mujer con un hombre que no miró a su pasado, Salmón, y se casaron. Del fruto de su amor nació Boaz, el cual se casó con Rut. De su descendencia nació el rey David y de David nació Jesús. Por lo tanto, Jesús nació de la descendencia de Rahab.

Esta mujer fue honrada por Dios. No solo fue liberada de la destrucción, sino que tuvo una familia digna, un hijo con carácter bueno y de su descendencia nació nuestro Salvador.

¿Por qué hizo Dios una obra tan grande en la vida de esta mujer? Porque ella creyó, obedeció y se lanzó. Creyó en el dios que abrió el Mar Rojo para que el pueblo pasara. Si tu crees en Él, también abrirá el Mar Rojo de tu vida. Quizá estés viviendo un mar de problemas, de fracasos, de miserias, de angustia, de desesperación, de deudas, de humillaciones… ¡Ese Mar Rojo va a abrirse! ¡Él transformará tu vida!

Rahab no podía imaginar lo que Dios iba a hacer en su vida. Pudo haber muerto ejecutada por los soldados de Jericó, pero ella creyó y lo arriesgó todo.  La Biblia dice: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9).

Tenemos que ser fieles, obedecer, entregarnos y no dejar espacio a las dudas. Debemos tener fe de la misma manera que actúa un niño: de forma pura, sin maldad, ni malicia.