Todos hemos vivido situaciones que nos han hecho tener miedo, sentirnos minusvalorados, tristes o vacíos. También hemos hecho cosas de las que no nos sentimos orgullosos, pero que nos han servido para aprender. ¿Quién no ha cometido ningún error?

Afortunadamente Dios no mira a los fallos del pasado, no juzga si trabajaste en la prostitución, si perteneciste a una banda latina o si fuiste adicto a las drogas. “Nadie es perfecto, todos podemos conjugar el verbo pecar, pero Dios es el único que puede cambiar nuestras vidas. Para ello necesitas comprender Su Palabra y poner en práctica la fe”, aseguró el obispo Paulo Roberto en la reunión del pasado domingo.

Nuestra fe tiene que estar en Jesús, es decir, ha de ser práctica. Si únicamente vives una fe teórica, emocional y no actúas, tu vida no cambiará. “La fe es certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve”, afirmó el obispo Paulo. La Biblia nos muestra esto con dos claros ejemplos. Por un lado, la experiencia de Moisés y la historia de Rahab, demuestran que con fe todo es posible.

La Biblia dice que: “Por la fe, Moisés y el pueblo pasaron por el Mar Rojo como por tierra seca; intentando los egipcios hacer lo mismo, fueron ahogados” (Hebreos 11:29). Moisés creyó en la Palabra de Dios que le dijo: “Moisés por qué clamas a mí, di a los hijos de Israel que marchen y alza tu vara y abre el mar”. El creyó y el mar se abrió porque hubo una manifestación de fe. Moisés obedeció la Palabra de Dios y se volvió posible lo que, a priori, era algo imposible.

¿Por qué los egipcios al intentar lo mismo se ahogaron? Porque no usaron la fe. A veces una persona ve el testimonio de alguien que hizo un voto con Dios, participó en una campaña y logró sus objetivos. La persona que lo ve, hace un propósito para ver si funciona, sin más, y no obtiene respuesta. Solo cuando la persona hace las cosas con certeza, Dios se queda en la obligación de responder.

El otro ejemplo es el caso de Rahab. “Por la fe Rahab, la ramera no pereció juntamente con los desobedientes, porque recibió a los espías en paz” (Hebreos 11:31). Cuando la Biblia hace referencia a Rahab siempre dice “Rahab, la ramera”. Dios no oculta nada. Él hace mención a que ella era una prostituta, una mujer pecadora que tenía todo en su contra. Tenía todo para fracasar. Era de Jericó, era idolatra, vivía bajo el muro de Jericó que iba a caer etcétera. Rahab no miró a su condición. Escuchó hablar de todo lo que Dios había hecho y creyó. Escondió a los espías y despistó a los soldados de Jericó. Arriesgó su vida y dijo: “Sé que el Señor os ha dado esta tierra” (Josué 2:9). Ella sabía, creía, estaba segura: eso es fe. Rahab manifestó su fe, en el Dios de Israel, de manera práctica. Todos en Jericó tuvieron la oportunidad de salvar sus vidas, pero no quisieron porque no creyeron.

En el otro extremo está la actitud del joven rico. Él era una persona religiosa pero no un creyente. No había cometido ningún pecado, llevaba una vida ordenada pero cuando Dios le dijo que vendiera todo lo que tenía, se lo diera a los pobres y le siguiera, él no lo aceptó. A priori el joven rico tenía todas las condiciones posibles para salvarse, pero no tuvo fe.

“Dios no ve como ve el hombre. Él ve la fe, la sinceridad. Hay mucha gente buena dentro de la iglesia que tiene una vida vacía y frustrada. Otros llegan y, al poco tiempo, cambian de vida porque se entregan a Jesús”, señaló el obispo.

Algunos necesitan ver para creer cuando la verdadera fe consiste en creer para poder ver. En definitiva, la realidad es que la fe sin obras está muerta, es decir, no traerá resultados.