El propio Señor Jesús declaró: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé” (Juan 15:16).

El obispo Paulo Roberto empezó la reunión el domingo pasado haciendo referencia a esta cita bíblica porque les dijo a los asistentes: “Él te escogió para cambiar tu vida, para darte una nueva vida y es necesario que creas en eso para que a través de esta fe puedas superar cada uno de tus problemas”.

De hecho, Dios nos dio a todos libertad y libre albedrío para poder decidir nuestra propia vida. Desafortunadamente por la incredulidad, las dudas y la ignorancia espiritual muchos han tomado decisiones equivocadas que han traído consecuencias terriblemente negativas. ¿Por qué? Porque en esta vida cosechamos lo que sembramos.

En el Monte Sinaí dice la Biblia que Dios habló a Moisés diciéndole: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra” (Éxodo 19:5). Dios quería formar a través de la nación de Israel un pueblo exclusivo, fuerte y victorioso. Era necesario que ellos obedecieran Su Palabra para conducir a aquel pueblo a la tierra de Canaán. Este pacto Dios lo hizo con todos, pero muchos no creyeron, dudaron y Él no pudo hacer nada. Solo pudo manifestarse en la vida de aquellos que creyeron. Muchos de los que salieron de Egipto no pudieron conquistar la tierra prometida por la incredulidad, porque fueron rebeldes y quisieron hacer las cosas a su manera.

Aquí, dentro de la misma iglesia vemos a personas que tenían problemas muy graves y consiguieron cambiar de vida. Ahora son personas exitosas. En cambio, hay mucha gente también que no avanza estando dentro de la iglesia y se pregunta por qué el Señor no le ayuda. Dios no es injusto. De hecho, la mayor injusticia es la igualdad. ¿Cómo Dios puede bendecir de igual manera a una persona que es fiel y a otra que no? ¿al que obedece y al que no? Dios solo puede manifestarse cuando la persona se rinde, se entrega, obedece y practica Su Palabra. Venir a la iglesia no va a cambiar tu vida si no te rindes y tomas una actitud de fe.

“Hay mucha gente a la que la palabra de Dios le entra por un oído y le sale por el otro. Son meros oyentes y quieren seguir viviendo en el error, en la mentira, en el engaño, etcétera. No toman la decisión de rendirse a Dios y vivir en obediencia a Su Palabra. Las cosas así no van a cambiar”, afirmó el obispo.

Creer es obedecer y practicar Su palabra. Si crees en Jesús, el mal nunca prevalecerá sobre tu vida. El cepillo de dientes es exclusivo. Cuando la persona se casa pasa a tener casi todo en común menos este cepillo. Cuando asumimos la fe en Jesús nos volvemos también una propiedad exclusiva de Él. ¿Qué significa? Que nadie puede tocarnos ni hacernos daño. La decisión es tuya.

Carmen es un buen ejemplo de que nada es imposible para aquel que cree. Ella era una persona con muchos problemas de salud. Tenía depresión, dolores constantes de cabeza, un quiste, problemas en las piernas que la llevaron a sufrir más de cinco operaciones, complicaciones en los riñones, en el estómago y un sinfín de patologías más. En una de las operaciones de cabeza, que también le tuvieron que realizar, se quedó en coma y posteriormente, cuando despertó pasaba la mayor parte del tiempo sedada. “Solo pensaba en suicidarme, en morir, no tenía ningún futuro”, relata Carmen.

Una amiga le invitó al Centro de Ayuda Cristiano y ella muchas veces denegó la invitación porque se calificaba como atea. “Mi madre tenía su religión y siempre trató de inculcárnosla. Ella era muy devota, pero yo decía, ¿si existe un Dios bueno cómo me pueden pasar tantas cosas malas si no he hecho nada?”, recuerda nuestra protagonista.

Un día, Carmen estaba tan mal que decidió acudir al Centro de Ayuda Cristiano porque no tenía nada que perder. “Sufría trastornos mentales, veía bultos, escuchaba voces y empecé a hacerme cortes en las muñecas. No quería estar con nadie, solo deseaba encerrarme en mi habitación completamente a oscuras. Acepté la invitación porque había hecho todo lo posible y no había obtenido resultados. Cuando llegué al Centro de Ayuda Cristiano no quería hablar con nadie. Me quedé atrás y empecé a escuchar. Esa noche puede dormir y fue lo que me hizo entender que en ese lugar había algo especial.

Continué yendo, el pastor me orientó y seguí las indicaciones. Empecé a hacer cadenas de liberación y en dos semanas, más o menos, superé todos los problemas. Los cambios fueron paulatinos. Los primeros días pude dormir, después tenía menos dolores y finalmente no tenia ningún malestar ni ganas de suicidarme. Pensé si ha podido cambiar mi vida en tan poco tiempo, ¿qué es lo que no podrá cambiar? Y quise conocer a Dios. Empecé a tener el deseo de leer la Biblia y de meditar en la Palabra de Dios. Aprendí a perdonar, a seguir los consejos que me daban en las reuniones, recibí el Espíritu Santo y a partir de ahí nadie me paró. Retomé mis estudios, me gradué, adquirí experiencia laboral en empresas importantes y, más tarde, conseguí abrir mi propia empresa de inmigración y derechos civiles. Tengo una vida próspera, sana y soy muy feliz en la presencia de Dios”, afirma Carmen.