“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

(Juan 3:16)

No importa lo que hiciste. El Señor Jesús pagó por tu pecado con Su propia sangre. Tal vez no entiendas que Él pagó la deuda que tú tenías con Dios. Cuando la persona acepta a Jesús como su Señor y Salvador, está asumiendo que no tiene condiciones para pagar la deuda, pero que Él, su Señor, pagó toda la deuda. Esta no existe más. Y está escrito que Él llevó sobre Sí nuestros dolores, nuestras enfermedades y nuestro sufrimiento. (Isaías 53:4). Por lo tanto, aceptar las enfermedades y las acusaciones sería aceptar el reclamo de una deuda que ya fue quitada. ¿Quién aceptaría eso? Al ser cobrado por una deuda ya pagada, cualquiera se indignaría.

Es necesario obedecer la Palabra de Dios para tener el “nombre limpio” delante de Dios: el nombre en el Libro de la Vida. No sirve de nada pensar que, por aceptarlo y tener tus pecados perdonados, mañana puedes continuar viviendo una vida irregular. “No peques más, para que no te venga alguna cosa peor.” (Juan 5:14) La garantía del
nombre limpio es mantener la conciencia limpia.

El Señor pagó por su libertad definitiva. La sangre del Señor Jesús tiene el poder curativo y libertador de su alma. A causa de la obediencia del Señor Jesús a la Ley, Él pudo ser sacrificado en el Calvario y comprar con Su propia sangre a todos los que Lo aceptan como Señor y Salvador y reivindican la redención. Así, cuando alguien toma esta decisión por la fe, pasa a ser prioridad exclusiva de Dios.

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. (Romanos 8:1)