El obispo Paulo Roberto, en el Santo Culto del pasado domingo 17 de mayo, recalcó la necesidad de poner a Jesús en primer lugar y de vivir en obediencia a la Palabra de Dios para poder permanecer salvos. Para ejemplificarlo, se valió de la historia bíblica del joven rico y de la mujer adúltera.

JUSTIFICADOS POR LA FE

No hay nadie en este mundo que pueda considerarse perfecto. Por muy buenas que sean nuestras obras, o por muy “buenas personas” que seamos, solo podremos ser justificados delante de Dios por medio de la fe.

La Biblia cuenta la historia de un joven rico y religioso que le preguntó al Señor Jesús cómo podría conquistar la vida eterna, a lo que Jesús respondió:  “Los mandamientos sabes:  No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre” (Marcos 10:19-20)

La verdad es este muchacho tenía un buen carácter y una buena conducta moral, pero eso no era suficiente para ser justificado y conquistar la vida eterna. El joven, orgulloso de sí mismo, le dijo que siempre había guardado los mandamientos. Sin embargo, se sorprendió cuando Jesús le dijo: “Solo te falta una cosa, vende lo que tienes y dalo a los pobres y sígueme, y tendrás tesoro en el cielo”. Ante esta respuesta el joven se fue triste y cabizbajo porque estaba aferrado a sus posesiones, demostrando así su incredulidad, porque quien cree de verdad, obedece.

En el corazón de este joven el primer lugar lo ocupaban sus riquezas, no el Señor Jesús, y si Jesús no está en primer lugar, Él no hace parte de nuestra vida.  Es muy importante que entendamos esto.

¿UNA VEZ SALVOS, SALVOS PARA SIEMPRE?

Existe una doctrina antibíblica y diabólica muy esparcida en el mundo evangélico que dice “una vez salvo, salvo para siempre”. Esto es mentira. Ser perdonados y salvos no nos da el derecho de permanecer en el pecado. Tenemos que ser conscientes de que a cada día tenemos que luchar para permanecer en la presencia de Dios, obedeciendo y practicando la Palabra de Dios. Si no fuera así, el apóstol Pablo no nos habría instado a “pelear la buena batalla de la fe” y Dios no nos habría ordenado “resistir al diablo” para que huya de nosotros. Estamos en una batalla constante y el verdadero vencedor es aquel que batalla constantemente hasta llegar al Reino de Dios.

Por ejemplo, casarse es fácil. Dos personas se gustan y deciden casarse. Lo difícil es mantenerse casado porque eso requiere fidelidad, renuncia, entrega y sacrificio diario. Lo mismo sucede con la salvación. Ser salvo es fácil.  En el momento en que la persona reconoce que es pecadora, se arrepiente de sus pecados y acepta el sacrificio de Jesús, recibe la salvación. Solo tiene que creer. Pero eso no significa que después pueda seguir viviendo en el pecado, al contrario, tendrá que obedecer, ser fiel a Dios y poner a Jesús en primer lugar si quiere permanecer en Su Presencia.

Un ejemplo bíblico de esto es el caso de la mujer que fue sorprendida en el acto del adulterio.  Los religiosos de la época la llevaron a Jesús diciéndole que la ley mandaba apedrear a tales mujeres. El Señor Jesús les dijo: “El que esté sin pecado, tire la primera piedra”, y todos, acusados por su propia conciencia, se marcharon. Jesús, a solas con la mujer, le dijo “Yo tampoco te condeno. Ve, y no peques más”. Es decir, cuando la persona se arrepiente es lavada por la sangre de Jesús y pasa a tener acceso directo al Trono de Dios. Pero para permanecer en Su presencia la persona tiene que abandonar el pecado y vivir en obediencia a la Palabra de Dios.

Querido amigo, necesitas permanecer en la fe y para ello debes priorizar tu vida espiritual. Apóyate únicamente en Jesús. Nunca te apoyes en un pastor, obispo o institución, porque corres el riesgo de decepcionarte y salir de la presencia de Dios, porque nadie es perfecto. Jesús, en cambio, jamás te decepcionará.

Ríndete a Él, medita diariamente en Su palabra y tendrás un vida plena, de calidad, pero lo mejor de todo es que nada ni nadie te podrá robar la Salvación, la mayor riqueza que existe.