Gedeón probó a Dios pidiéndole una señal. Esta señal no era para que Él mostrara Su poder; pero, para confirmar que Él era el mismo Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, tenía que haber fuego. Por otro lado, el fuego de Dios solo aparecería mediante la presentación de la ofrenda de sacrificio. Por eso, Gedeón presentó como ofrenda el cabrito y los panes sin levadura.

Lo mismo sucedió en la Alianza con Abraham, cuando Dios pasó por las mitades de los animales sacrificados en la forma de un horno humeante y de una antorcha de fuego (Génesis 15:17-18); en la revelación a Moisés a través de la zarza ardiente, la zarza estaba en llamas, pero no se consumía (Éxodo 3:2); en la columna de fuego cuando el Señor guio a los hijos de Israel por el desierto a la noche (Éxodo 13:22); cuando el Señor descendió en el monte Sinaí, este estaba cubierto de humo, pues Dios había descendido sobre él en fuego (Éxodo 19:18); el Altar del tabernáculo debía tener un fuego ardiendo continuamente, el cual nunca se podía apagar (Levítico 6:13); cuando los hijos de Aarón ofrecieron fuego extraño delante de Dios, el fuego salió del Señor y los consumió — y ellos murieron delante del Señor (Levítico 10:2).

Esa creencia que mantenían en aquellos días también prevaleció en los tiempos de los apóstoles, como dice el escritor de Hebreos: “Porque nuestro Dios es fuego consumi- dor” (Hebreos 12:29). Si esa creencia no cambió en aquel tiempo, mucho menos en nuestros días, ya que el Señor Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre. El fuego estaba siempre presente cuando Dios aparecía, y como en el pasado, Él continúa apareciendo a través del fuego hoy.

¡Pero el fuego necesita combustible! El combustible para la manifestación del fuego de Dios es la ofrenda de sacrificio sin levadura.

Cuando Caín y Abel presentaron sus sacrificios, Dios rechazó el de Caín. ¿Por qué? Porque no tenía sangre, no tenía vida; es decir, su sacrificio no representaba su vida.Por otro lado, el sacrificio de Abel fue aceptado porque representaba la vida de él.

Ambos ofrecieron sacrificios, pero uno fue aceptado y el otro no. Caín quedó extremadamente enojado con Abel, no porque había hecho algo malo, sino porque Caín tenía malos ojos. Sus malos ojos mostraban lo que había dentro de su alma. (Los nacidos de la carne nunca admiten sus errores y debilidades; en lugar de eso, siempre culpan a los demás por sus fracasos…)

La culpa de que Dios haya rechazado el sacrificio de Caín era exclusivamente de él. Si su ofrenda hubiera sido adecuada, Dios naturalmente la habría aceptado. Lo mismo sucede con aquellos que han sido como heridas abiertas en la iglesia de nuestro Señor. Son los nacidos de la carne, enfermos en el alma, espiritualmente tibios — que, además de no entrar en el Reino de Dios, están en la puerta impidiendo que otros entren. Su sacrificio tiene el mismo valor que el de Caín. ¡Por eso no vencen en la vida!

El siervo de Dios, por ejemplo, tiene el fuego de Dios en su interior — es el bautismo con el Espíritu Santo. Pero para recibirlo de Dios, tuvo que sacrificar su propia vida en el Altar de Dios.

Muchos de los llamados “hombres de Dios” salen por el mundo dando discursos sobre Jesús, pero sin Su fuego. Otros se ofrecen para hacer la Obra de Dios afirmando haber tenido el bautismo de fuego. Pero el hecho de que sean incapaces de vencer el mal o de quemar al mal con su “fuego” es una clara señal de que no tienen el fuego de Dios y, por ese motivo, miran a los demás para descubrir el motivo de sus fracasos.

¿Cómo se manifiesta el fuego de Dios en la vida del siervo? ¡Cuando el fuego en él quema todo el mal que aparece y se torna un vencedor! ¿No está escrito que todo el que es nacido de Dios vence al mundo? Pero ¿por qué tantos no vencen? ¡Porque no tienen fuego! ¿Y por qué no tienen fuego? Porque aún no ofrecieron su sacrificio. El fuego de Dios viene solamente cuando existe el combustible del sacrificio.

Para que el fuego de Dios subiera, era necesaria una ofrenda. La señal de Dios ocurrió después de la presentación de una ofrenda. La ofrenda fue, y siempre será, el combustible para la manifestación del fuego de Dios en la vida del que la ofrece.

La ofrenda era el eslabón entre Dios y Gedeón para la manifestación de la señal.

Pero ahora, era el turno de que el Señor probara a Gedeón. Una vez más, Él usaría la ofrenda como medio de probar su fe. En otras palabras, Dios usó la ofrenda para probarle a Gedeón que Él era el verdadero Dios; y Gedeón usó la ofrenda para probar su fe en Dios.

Por esa razón, Dios le pidió el segundo novillo que pertenecía a su padre, la destrucción del altar de Baal y que cortara la Asera. Luego, tendría que construir un nuevo altar de piedra, sacrificar el novillo sobre él y usar la leña de la Asera para el fuego.

La destrucción del altar de Baal no sería tan desafiante para Gedeón como la construcción de un nuevo altar para el Señor, su Dios.

Él tuvo coraje de preguntar: “¿Y dónde están todas Sus maravillas que nuestros padres nos han contado?”

¡Pues bien! ¡Aquel mismo Dios de maravillas había descendido para encontrarlo, pero Él no podía hacer nada por Israel mientras que Su lugar fuera ocupado por Baal! Para cambiar aquella situación crítica, Él necesitaba que Su lugar fuera limpiado y desobstruido, para que entonces pudiera ocuparlo y así comenzara Su trabajo.

Lo mismo sucede hoy en la vida de muchas personas. Creen en la existencia del Todopoderoso, pero viven lejos de Su atención. ¿Por qué? ¡Porque su altar, el corazón, el espacio de Dios en su vida, está siendo ocupado por Baal! Mientras ese altar no sea destruido y el altar de Dios no sea construido en sus corazones, Él no será capaz de operar y realizar milagros.