Habiendo recibido autoridad divina para salvar a su pueblo de sus enemigos, Gedeón una vez más prueba el llamado de Dios.

Entonces Gedeón dijo a Dios: Si has de librar a Israel por mi mano, como has dicho, voy a poner un vellón de lana en la era. Si hay rocío solamente en el vellón y toda la tierra queda seca, entonces sabré que librarás a Israel por mi mano, como has dicho.

Jueces 6:36-37

Mediante la unción de Dios, Gedeón convocó a cuatro tribus de Israel para combatir a los madianitas: Manasés, la tribu de su padre, Aser, Zabulón y Neftalí. Numéricamente, su posición en relación con los enemigos era alarmantemente inferior. Mientras que sus soldados eran un total de 32.000, los madianitas, amalecitas y los pueblos orientales cubrían todo el valle como langostas en una multitud que no podía ser contada.

Probablemente, esa fue la razón por la cual Gedeón quería tener certeza de su llamado. No hay duda de que el Señor lo había llamado y había permitido que condujera a Su pueblo a la victoria sobre sus enemigos. Pero en aquel momento, su visión física habló más alto y lo asustó. Eso nos revela algo muy interesante: aunque Gedeón estuviera poseído por el Espíritu de Dios, se dejó sorprender por lo que sus ojos físicos le mostraban. Eso significa que la visión espiritual no cancela automáticamente la visión física, por eso la gran necesidad de vigilar siempre.

Solamente la autoridad de Dios no impide los ataques del mal. Es necesario estar atento y alerta para reprender los sentimientos humanos que destruyen la acción de la fe.

Nunca, jamás, debemos subestimar el poder de influencia que los sentimientos humanos tienen contra la fe.

Este pasaje bíblico sobre Gedeón es un claro ejemplo de eso. Él estaba poseído por el Espíritu Santo, pero… ¡estaba lleno de miedo! Peor aún: les temía más a sus enemigos que a Dios, porque estaba consciente de cuán pecaminoso era poner a Dios a prueba. Tal cosa estaba estrictamente prohibida en Israel. Por eso él dijo: “No se encienda Tu ira contra mí si hablo otra vez”.

Pero Dios fue misericordioso, compasivo y paciente con él. A fin de cuentas, era solo un hombre y, por lo tanto, sujeto a sus debilidades naturales. ¿Cuántas veces somos tomados por sorpresa por el miedo y por el pánico, a pesar de haber sido ungidos con el Espíritu Santo? Gracias a Dios por Su compasión y misericordia, por la cual Él no nos trata de acuerdo con nuestra justicia.

Es incorrecto e incluso pecaminoso poner a Dios a prueba, excepto en el caso de los diezmos y las ofrendas. Probar a Dios significa, en teoría, dudar del cumplimiento de Sus promesas. Por ejemplo: una persona nunca debe decir: “¡Si el Señor es real, que Él me cure entonces!” o: “Si Tú existes, entonces salva a mi hijo, a mi marido…”. Este tipo de prueba involucra solo palabras; es inconsistente y puramente teórico. Es muy diferente de la prueba con los diezmos y ofrendas. En ese caso, la persona prueba a Dios de manera concreta, ¡no teórica! Cuando el cristiano trae sus diezmos y ofrendas, prueba sus convicciones. A fin de cuentas, algo físico y valioso le está siendo quitado por causa de su fe.

En la prueba de los diezmos y ofrendas, el cristiano está, antes que todo, ¡probándose a sí mismo! Por otro lado, al usar teorías, no existe prueba de sí mismo, apenas de Dios. Y así, en general, poner a Dios a prueba no es una expresión de fe, sino de duda…

La prueba de Gedeón no tenía valor o expresión de fe, solo duda. A pesar de eso, el Señor entendió su situación y atendió a su pedido. Sin embargo, más tarde, Dios lo pondría a prueba nuevamente, enviándolo a luchar contra una multitud con solo trescientos hombres.