El nombramiento de un hombre de Dios nunca es basado en su apariencia externa. Él puede incluso ser un siervo como Nicodemo, cuya educación le dio la oportunidad de representar a la fe cristiana dentro del palacio. Pero desde el punto de vista espiritual, cuando se trataba de libertar a las personas, Dios siempre elegía a personas comunes, que no podían depender de su capacidad intelectual, puesto que la batalla era trabada en el campo espiritual. En este campo, solo se puede contar realmente con la fe viva, es decir, la dependencia de Dios.

Y eso tiene mucho sentido, ya que la batalla trabada en el campo espiritual no necesita conocimiento mundano. Al contrario, el conocimiento mundano solo hace las cosas más difíciles, porque cuando alguien lo adquiere, tiende a despreciar los simples conceptos espirituales de la fe. Es exactamente por eso que Pablo dijo:

Cuando fui a vosotros, hermanos, proclamándoos el testimonio de Dios, no fui con superioridad de palabra o de sabiduría, pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y este crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y con temor y mucho temblor. Y ni mi mensaje ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; pero una sabiduría no de este siglo, ni de los gobernantes de este siglo, que van desapareciendo, sino que hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta que, desde antes de los siglos, Dios predestinó para nuestra gloria; la sabiduría que ninguno de los gobernantes de este siglo ha entendido, porque si la hubieran entendido no habrían crucificado al Señor de gloria.

1 Corintios 2:1-8

La capacidad intelectual, la fuerza y la belleza son importantes virtudes externas, pero inútiles en la batalla contra el infierno. En los criterios de Dios, lo que cuenta es la dependencia de Él. En la elección de David como rey, el Señor le dijo a Samuel, el profeta: “Pues el hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón”.

Cuando Gedeón tocó la trompeta, 32.000 hombres de cuatro de las doce tribus se presentaron: Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí. Pero Dios le dijo:

Y el Señor dijo a Gedeón: El pueblo que está contigo es demasiado numeroso para que Yo entregue a Madián en sus manos; no sea que Israel se vuelva orgulloso, y diga: «Mi propia fortaleza me ha librado». Ahora pues, proclama a oídos del pueblo, diciendo: «Cualquiera que tenga miedo y tiemble, que regrese y parta del monte Galaad». Y veintidós mil personas regresaron, pero quedaron diez mil.

Jueces 7:2-3

Lo que llama la atención en este pasaje es que el Señor excluyó a los que temblaban y a los miedosos de ese alistamiento inicial. ¡Y lo peor de todo es que ellos mismos se consideraban temblorosos y miedosos! Nadie los señaló y les dijo: “Tú tienes miedo” o “Tú eres un cobarde”. ¡De ninguna manera! ¡Ellos mismos, acusados por su propia conciencia, se retiraron de la batalla!

Y el Señor dijo a Gedeón: Todavía el pueblo es demasiado numeroso; hazlos bajar al agua y allí te los probaré.

Jueces 7:4

Los diez mil hombres restantes no temblaban ni eran miedosos. Aun así, cada uno tenía que ser probado por el propio Dios. Y esa prueba sucedió en una pequeña fuente, no en aguas turbulentas y peligrosas, sino en aguas tranquilas, limpias y dulces. La fuente no ofrecía ningún riesgo de vida. ¿Y por qué Dios los probó en esas aguas? Tal vez porque, cuando estamos en paz, manifestamos detalles secretos de nuestra alma.

Nueve mil setecientos hombres se arrodillaron para beber mientras que solo trescientos bebían de pie. Cuando los trescientos bebieron agua de pie, mostraron vigor, fuerza y disposición — mientras que los que se arrodillaron, buscaban comodidad. Esta fue una señal de debilidad y cansancio. Ellos se arrodillaron probablemente porque no podían acostarse, de lo contrario lo habrían hecho.

El hecho es que los elegidos de Dios deben ser fuertes y valientes. La fuerza necesaria aquí no es externa, sino interna. Cuando alguien tiene un objetivo y está determinado, desistir no es una opción. Los fuertes son persistentes, no tercos.

Quien busca confort y comodidad para cumplir sus deberes acaba por no lograr nada.

Los escogidos de Dios se distinguieron de todos los demás hijos de Israel