En la selección de los trescientos, Dios eligió solo hombres de fe. Ellos estaban listos para la guerra física, pero, por encima de todo, escogidos para la guerra espiritual. Tenían más que coraje y valentía en su interior — tenían el fuego de la fe, el fuego de la total confianza en Dios. La visión de la grandeza de Dios superaba todas sus habilidades físicas o intelectuales, por eso ellos se armaron solo con cántaros y trompetas, las armas de Dios.

No podemos acusar a los nueve mil setecientos restantes de ser cobardes o miedosos; sin embargo, ellos no estaban listos para aquel tipo de guerra. Podrían incluso haber sido útiles en otras guerras, pero no en la guerra de Dios. Estaban llenos de osadía y coraje solo para sostener la espada, pero no la trompeta y el cántaro con el fuego.

Pablo enseña que las armas con las que luchamos no son las armas del mundo. Al contrario, ellas tienen el poder divino para destruir fortalezas y argumentos… (2 Corintios 10:4-5).

Ellos confiaban en las armas físicas porque creían que la guerra era física. Si hubieran sido reclutados, ciertamente se habrían alejado de los demás al darse cuenta de que las únicas armas disponibles eran trompetas y antorchas dentro de cántaros de barro.

Este es el problema de muchos cristianos. Quieren vencer al infierno usando sus propias armas. Usan mentiras para engañar y sacar provecho de los demás… En otras palabras, usan las armas del diablo para intentar vencerlo. Recurren a la astucia para obtener beneficios

y, más tarde, intentan justificar sus fallas acusando a otras personas de ser “injustas” con ellos. ¿Es posible que venzamos al diablo usando sus armas? ¿Podemos conquistar la vida abundante prometida por el Señor Jesús usando la fuerza de nuestro brazo? ¡No! ¡Nunca!

El verdadero cristiano debe aprender a usar las armas de Dios disponibles para él; caso contrario, nunca vencerá.

Aquellos que nacieron de Dios fueron escogidos para destruir fortalezas, pero usando solo las armas de Dios. Fue con esas armas que los guerreros de Gedeón se prepararon para enfrentar a los madianitas, amalecitas y a los pueblos orientales. Se destacaron del resto

porque tenían el fuego de Dios en su interior. Fueron movidos por el poder de la fe, el arma de Dios dentro de ellos. Eran apenas un tres por ciento de todos los poderosos guerreros, pero marcaron la diferencia a causa de su alta calidad.

Desde el punto de vista humano, era realmente pura locura. Ellos no tenían espadas o cualquier otro tipo de arma humana para enfrentar a ejércitos tan poderosos. Simplemente confiaron en la Palabra de Dios. Es decir, materializaron la fe de que Dios cumpliría lo que había prometido. Y para ese fin, todos tomaron su trompeta, su cántaro y su antorcha.

Como armas espirituales, la trompeta, el cántaro y el fuego no fueron hechos para enfrentamientos físicos. La trompeta era un instrumento para reunir al pueblo, pero el poder de Dios estaba implícito en su simple representación. Tocar la trompeta representó el grito desesperado de un pueblo, el grito del alma al Único que podría libertarlos: el Dios Vivo, el Señor Todopoderoso. El cántaro y el fuego simbolizaban la vida del guerrero con su fe ardiendo por dentro.

Dios es tan misericordioso que no exige habilidad intelectual, educación, diploma o cosa parecida para recibir Sus bendiciones… Un espíritu quebrantado y un clamor sincero son suficientes.

Los enemigos estaban acampados en un valle justo debajo de Israel y lo cubrían como un enjambre de langostas. Eran enemigos, pero ahora estaban aliados contra el pueblo de Dios. Además de la multitud de madianitas, amalecitas y todos los otros pueblos orientales, encima estaban sus camellos que no podían ser contados. Eso los hizo parecer aún más numerosos y lanzó una sombra aún más terrorífica en el campo israelita.

Gedeón, obviamente, estaba agitado delante de aquella visión, pues no sabía cómo los enfrentaría sin armas. Esa es la razón por la cual el Señor Se le apareció en aquella

misma noche y le dijo: “Pero si tienes temor de descender, baja al campamento con tu criado Fura, y oirás lo que dicen”.