Dividiendo a los trescientos hombres en tres compañías, Gedeón puso en las manos de todos trompetas y cántaros vacíos, con antorchas adentro. Enseguida les dijo: “Miradme, y haced lo mismo que yo. Y he aquí, cuando yo llegue a las afueras del campamento, como yo haga, así haréis vosotros”.

Este es uno de los grandes secretos de la victoria de Gedeón, que debe ser practicada por todos aquellos que se autodenominan cristianos: ¡unidad!

Los trescientos hombres no eran nada en comparación con la multitud de los enemigos, pero cada uno de ellos tenía el mismo espíritu, la misma disposición, el mismo pensamiento y la misma fe… Así como Dios es Uno, también lo eran los trescientos.

El liderazgo de Gedeón era incuestionable; ¡sin quejas, sin dudas y sin chismes! Él tenía autoridad de Dios para decir: “Miradme, y haced lo mismo que yo […]. Cuando yo y todos los que estén conmigo toquemos la trompeta, entonces también vosotros tocaréis las trompetas alrededor de todo el campamento, y decid: «Por el Señor y por Gedeón»”.

Imagínese la escena, tarde en la noche, un campamento con miles de soldados durmiendo. De repente, el sonido ensordecedor de trescientas trompetas rompe el silencio de la multitud adormecida… Enseguida, el sonido de las trompetas es interrumpido por el sonido de cántaros rotos y la luz de trescientas antorchas brilla en la oscuridad. Agréguele a eso el sonido de voces gritando: “¡La espada del Señor y de Gedeón!”

Esa atmósfera de guerra en medio de la noche causó terror, miedo y desesperación en el enemigo. Encima de todo eso, los ángeles del Señor, sin duda, multiplicaron el grito de guerra muchas veces.

Observe que no hubo violencia por parte de Gedeón y sus hombres contra los madianitas; el propio Dios hizo que los enemigos se mataran debido al gran alboroto causado por todo ese ruido. La guerra ya no era la guerra de los israelitas, era la guerra de Dios. Eso es exactamente lo que sucede cuando una persona actúa de acuerdo con su fe en Dios, cuando pone una causa justa en Sus manos y confía.

Vale la pena destacar que la actitud de Gedeón y sus guerreros quebrando sus cántaros simbolizaba el rompimiento sacrificial de sus propias vidas ante el Todopoderoso, ya que la vida de cada guerrero estaba representada por su cántaro. Estar en las colinas alrededor del valle significaba que Gedeón y sus guerreros estaban poniendo sus vidas en el altar natural de esas montañas. Solo después de que cada uno de ellos quebró su cántaro, el fuego de cada antorcha reflejó su luz en el campo del enemigo.

Si realmente queremos al Señor como defensor de nuestra causa, debemos pagar el precio debido. Tenemos que quebrarnos delante de Él con gritos sinceros y humilde sumisión. En la práctica, eso implica abnegación y sacrificio de nuestras propias vidas, como los trescientos de Gedeón. Solo entonces, la luz de Dios producirá resultados.

El Señor Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23).

Un sueño firmemente establecido en sus corazones los llevó al sacrificio de sus propias vidas a cambio de la realización de ese sueño.

Cuando sonaron las trompetas, la luz de las antorchas brilló cuando se rompieron los cántaros. El resultado fue la destrucción total de los enemigos.

“¡La espada del Señor y de Gedeón!” significaba la unidad de propósito, fe y determinación. La espada no es solo del Señor — toda iglesia tiene fe en el Señor Jesús, pero lo que no siempre existe es la espada de Gedeón, es decir, la unidad de aquellos que forman el cuerpo de la iglesia del Señor Jesús en su fe contra todo el mal.

La victoria de Gedeón exigió unidad, por eso era mejor tener menos soldados, pero todos unidos en torno del mismo sueño — el mismo Espíritu, la misma fe, un Señor, un líder.