El bautismo en las aguas es un punto fundamental para aquellos que desean realmente tener una vida nueva en el Señor Jesús. Tal es su importancia que Él, al aparecerse a los discípulos después de resucitado, les dio órdenes explícitas: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea, será condenado” (Marcos 16:15-16).

Mateo también registra las Palabras del Señor, diciendo: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19).

De la misma forma que la sepultura es una ceremonia que consuma la ruptura del último “lazo” entre el hombre y su vida en esta tierra, a través del bautismo en las aguas hay una ruptura, públicamente consumada, de nuestra vida natural con la verdadera vida cristiana, dejando de existir nuestro yo para el pecado, el cual ya no tendrá más dominio sobre nosotros.

Para tener una nueva vida es imprescindible que nos bauticemos en las aguas. Cuando Felipe descendió a la ciudad de Samaria y predicó el Evangelio, las multitudes acudieron unánimes y fueron bautizadas en las aguas, tanto varones como mujeres, como podemos leer en Hechos 8:4-12.

Una persona solo estará preparada para ser bautizada en las aguas después de estar segura del arrepentimiento de sus pecados y de su fe en el Señor Jesús. Esta es, además, la gran razón por la cual no podemos bautizar a niños, pues el bautismo es una ceremonia que requiere que el candidato se arrepienta de sus pecados. ¿Cómo va a arrepentirse un niño de sus pecados, si no los tiene? Los niños deben, sí, ser presentados a Dios, conforme está escrito: “y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía” (Marcos 10:16).

Cuando Pedro, en Jerusalén, hizo su primer y gran discurso respecto al Reino de Dios y al Señor Jesús, las personas, con el corazón triste, le preguntaron a él y a los demás apóstoles sobre lo que deberían hacer: “Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).