Cuando alguien se propone seguir al Señor Jesús tiene que caminar según las normas que Él ha establecido. Somos los que acompañamos al Señor y, por eso, debemos dar oídos a Su voz.

Cuando Dios creó al hombre lo hizo perfecto y lo puso como rey de Su creación. Dios le dio el derecho y el privilegio de administrar todos los bienes de la tierra, pero a cambio le pide una décima parte de todo su trabajo. Hizo esto para que le reconozcamos como Señor de todas las cosas y nos consideremos como sus siervos.

La Biblia nos enseña que hay un espíritu devorador, causante de toda miseria, desgracia y caos en la vida de aquellos que roban al Señor en los diezmos y en las ofrendas, y Dios promete que abrirá las ventanas de los cielos y que prosperará abundantemente a aquellos que obedecen Su mandamiento:

“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice el Señor de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Señor de los ejércitos” (Malaquías 3:10-11).

Si le somos fieles Él lo será con nosotros, y jamás dejará que nos falte el sustento ni permitirá que los espíritus devoradores actúen en nuestra vida. De esta forma, amado lector, Dios es glorificado con las primicias de todos nuestros frutos, pues es mejor tener el 90% con Él, que el 100% sin Su provisión. Quien es fiel en los diezmos y las ofrendas ama la obra de Dios y desea que esta siga adelante.

El diezmo

Diezmo significa la décima parte y, bíblicamente, es la décima parte de todos los ingresos de una persona, que debe ser dedicada a Dios, porque así fue determinado por Él. El diezmo tiene tanta importancia que fue ordenado mucho antes de los Diez Mandamientos y, si era importante antes de la Ley y lo fue también durante la Ley, ¿por qué no lo sería también después de ella?

Podemos apreciar su importancia por el hecho de que el propio Dios nos invita a probarlo exactamente en el área económica:

“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi Casa: Probadme ahora en esto, dice el Señor de los ejércitos, a ver si no os abro las ventanas de los cielos y derramo sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10)

Todo el pueblo debería desear ser bendecido económicamente para probar la generosidad divina y comprobar en su vida que Dios es, realmente, el dueño de todo el oro y toda la plata que existe sobre la faz de la tierra, como está escrito: “Mía es la plata y el oro, dice el Señor de los Ejércitos” (Hageo 2:8).

Cuando damos el diezmo a Dios, Él se queda en la obligación (porque lo prometió) de cumplir Su Palabra, reprendiendo los espíritus devoradores que destruyen nuestra vida actuando en las enfermedades, accidentes, vicios, degradación social, y en todos los sectores de la actividad humana.

Cuando somos fieles en los diezmos, además de vernos libres de tales sufrimientos, pasamos a gozar de toda la plenitud de la tierra, teniendo a Dios a nuestro lado, bendiciéndonos en todas las cosas.

Diferencia entre el diezmo y la ofrenda

El diezmo es el diez por ciento de todo lo que recibimos. De todo lo que llega a nuestras manos estamos obligados, por las leyes bíblicas, a dar el diez por ciento. La ofrenda es diferente del diezmo, pues no existe ninguna obligación por parte del fiel. Se hace por libre y espontánea voluntad.

En los diezmos, Dios ve nuestra fidelidad hacia Él, en las ofrendas, ve nuestro amor y dedicación hacia Su obra. Además de eso, el Señor Jesús dice: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a  medir” (Lucas 6:38).

Las ofrendas son tan importantes para nuestra vida que el apóstol Pablo, al respecto, dedicó dos capítulos de su segunda epístola a los Corintios (2 Corintios 8 y 9), y también instruyó a Timoteo sobre el peligro de la avaricia: “…porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:10).

Fíjate bien, querido estudiante, que no es el dinero la raíz de todos los males, sino el amor a él, lo que hace que las personas sean sus esclavas. Dios requiere exactamente nuestro dinero a través de los diezmos y las ofrendas para probar la naturaleza de nuestro amor hacia Él.