“Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres.”

(1 Corintios 7:23)

No dependas de nadie, no esperes ayuda de los hombres. No quites tu confianza en Dios para depositarla en las manos de un amigo, de un pariente, del jefe, de un político… No dirijas tu vida basado en la opinión ajena. Aquel de quien debes oír la voz, será tu señor. No aceptes comer de la mano de nadie. De ningún hombre, por más capacitado que parezca. Mucho menos de las dudas.

Pequeños errores, grandes dudas. Es de esta manera que el mal trabaja. Él ha usado pequeñeces y las ha mostrado como pecados casi imperdonables. Y queda martillando en la cabeza de su víctima todo el tiempo, especialmente cuando se busca a Dios. Acusaciones y más acusaciones.

La sangre del Señor Jesús fue el precio para sacarnos de la condición de esclavos del infierno, para la futura condición de reyes y sacerdotes para Dios. Él ya pagó el precio por tu libertad. Si crees en Él, tu problema ahora Le pertenece, tu vida es de Él.

Delante del Padre estás limpio, lavado y purificado por Su sangre.

Entonces, ¡no escuches la acusación de nadie! “Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres.” (1 Corintios 7:23) ¡Ni de las dudas!

«No aceptes comer de la mano de nadie, no prestes atención a las dudas.

Se siervo de Dios, no esclavo de las dudas o de los hombres.»