Después de la ascensión del Señor Jesús y del descenso del Espíritu Santo comenzó la cuenta regresiva para los últimos tiempos. Esto se debe a que fue inaugurada la era del Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Tercera, no porque sea menos importante, sino porque ya tuvimos la era del Dios Padre, del Dios Hijo y ahora estamos en el tiempo de la manifestación de la última Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo.

En la era del Dios Padre, el Espíritu Santo actuó y condujo las alianzas y la comunión de los hombres con el Altísimo. Vimos, por ejemplo, en el período llamado Antiguo Testamento o Antigua Alianza, a Dios hablándoles a Noé, a Abraham, a Isaac, a Jacob, a Moisés y a muchos otros. Después, cuando Juan el Bautista anunció la venida del Mesías, se inició la era del Dios Hijo, es decir, Dios comenzó una Nueva Alianza con los hombres por intermedio de Jesucristo. El nacimiento del Señor Jesús, Su ministerio y Su sacrificio, preconizaron la época de la manifestación visible de Dios en la Tierra. A través del Hijo, los hombres pudieron ver el rostro del Creador.

«El que Me ha visto a Mí, ha visto al Padre», dijo el Señor Jesús (Juan 14:9). Y cuando llegó la hora de partir, el Hijo de Dios anunció a Su Sustituto, que sería el propio Espíritu Santo.

Pero Yo os digo la verdad: os conviene que Yo Me vaya; porque si no Me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si Me voy, os Lo enviaré.

Juan 16:7

El Señor Jesús mostró que era necesario ese cambio de posición con el Espíritu Santo, después de Su ascensión, para que el Consolador viniera. Los discípulos estaban acostumbrados a la presencia visible y a los cuidados diarios del Hijo de Dios; por eso, necesitarían la ayuda del Espíritu Santo para fortalecerse y continuar la Obra del Señor Jesús. Además, Su partida les traería una recompensa mucho mayor que Su compañía en la Tierra. Digo esto porque hoy sabemos que el descenso del Espíritu Santo proporciona una intimidad a un nivel mucho más profundo, intenso y personal con Dios. Es decir, el Espíritu Santo promueve una unión tan profunda que trae al Dios Padre y al Dios Hijo al interior de cada uno de nosotros. Así, Él ya no sería un compañero que caminaba lado a lado con Sus siervos, sino Alguien que viviría, todo el tiempo, en lo más íntimo del alma de cada uno.

Claro que, para los discípulos, el discurso del Señor Jesús sobre Su despedida era muy difícil de entender y soportar, pero cuando el Hijo de Dios dijo que era mejor que Él Se fuera, estaba diciendo que la Obra del Espíritu Santo sería verdaderamente inigualable a partir de ese momento. Además, era necesario que el Señor Jesús, después de Su sacrificio en la cruz, fuera elevado al Cielo y Se sentara a la diestra del Padre como Sumo Sacerdote para interceder por aquellos que creen en Él, pues Su servicio, a partir de entonces, sería hacer propiciación en el santuario celestial con Su sangre. Observa la superioridad de la Nueva Alianza: antes, la propiciación se realizaba con sangre de animales, en un santuario terrenal y por un sacerdote humano. Ahora es hecha con la sangre del Cordero, en un Santuario en el Cielo, y por el propio Rey y Sumo Sacerdote Eterno.

Entonces, es a través del bautismo con el Espíritu Santo que la promesa del Señor Jesús, de permanecer con los discípulos y con nosotros todo el tiempo, se cumple: “[…] y he aquí, Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).