Solamente el Espíritu Santo puede iluminar nuestra mente para que recibamos la revelación de la buena, perfecta y agradable voluntad de Dios. Solo Él puede hacer esto porque Su método es exclusivo: la Verdad. Después de todo, Él es el «Espíritu de Verdad», como el propio Señor Jesús afirmó en las Escrituras. Así, Él no nos guiará partiendo de Su propia voluntad o actuando por Sí mismo, sino que nos conducirá por la voluntad de Dios, al amplio y fiel conocimiento de Su Palabra.

Pero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir.

Juan 16:13, (subrayado por el autor)

En un tiempo en el que todos tienen «sus verdades» y todo se ha vuelto tan relativo y ambiguo, es fundamental saber que solo existe la verdad de Dios y que solo ella es capaz de promover la verdadera liberación, como dijo el Señor Jesús: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

Y es por el Espíritu Santo que viene el conocimiento de esta verdad. Nadie puede vanagloriarse de haber alcanzado esta revelación por sí mismo. La verdad de Dios siempre confrontará al ser humano, pues, si no fuera así, no habría transformación genuina y el carácter divino no sería formado en el hombre. Todos son esclavos del pecado, de su yo y del mundo, hasta que la verdad entra en su alma. Sin ella, nadie puede ser libre.

La libertad tan soñada por los judíos, en la época del ministerio terrenal del Señor Jesús, estaba ante ellos en Persona. El Hijo de Dios habló una y otra vez, y de muchas formas, principalmente a los oídos sordos de los religiosos, pero Su mensaje no fue considerado. Y aún no lo es. El mundo continúa en búsqueda de la libertad, pero ignora que esta solo viene por la práctica de la verdad. Mientras muchos luchan por la emancipación política, social e individual para ser libres, el alma continúa presa, pues la libertad más preciosa y que sucede en el interior humano, solo Dios la puede conceder.

El Espíritu Santo nos guía a una única verdad y ella no sufre modificaciones. Lo que sucede es que cuando una persona es guiada por Él, recibe una comprensión más profunda de aquello que fue revelado en la Palabra de Dios. La naturaleza del Evangelio no cambia, a diferencia de los tratados científicos, de la tecnología, de la cultura, de las costumbres y de las opiniones humanas. ¿Y por qué señalo esto? Porque hoy en día han surgido nuevas doctrinas supuestamente atribuidas al Espíritu Santo, y que han destilado herejías que engañan a muchos. Sin embargo, en el Espíritu Santo no hay confusión.

Quien divide denominaciones y promueve la falta de unidad entre el pueblo de Dios, con «nuevas enseñanzas» y «nuevas propuestas», no está siendo guiado por Él. En el fondo, esta persona no quiere someterse a la Verdad y está contaminada por la ambición personal que le empuja a trabajar para sí misma, no para el Reino de Dios.

Puedo afirmar con absoluta seguridad que la confusión no es una característica proveniente de aquellos que son guiados por el Espíritu Santo, porque Este no actúa independientemente del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo no habla de Sí mismo, así como el Señor Jesús nunca habló de Sí mismo. Por lo tanto, ninguna enseñanza de Él se opone a la del Padre ni a la del Hijo, y tampoco divide al cuerpo de Cristo, que es Su Iglesia.

Entonces, del mismo modo que un padre toma a su hijo de la mano para conducirlo en seguridad, el Espíritu Santo conduce a aquel que pasó por el nuevo nacimiento y que se ha convertido en una nueva criatura.

Entonces, del mismo modo que un padre toma a su hijo de la mano para conducirlo en seguridad, el Espíritu Santo conduce a aquel que pasó por el nuevo nacimiento y que se ha convertido en una nueva criatura.