No hay un solo cristiano verdadero que no haya tenido el día más especial de su vida: el día de su nuevo nacimiento. Las personas suelen conmemorar el día en el que nacieron, pero, en el sentido espiritual, el segundo nacimiento es mucho más importante que el primero. Es justamente en el día del nuevo nacimiento que vivimos la mayor experiencia con el Señor, pues es el momento en el que alcanzamos la posición privilegiada de hijos de Dios. Vamos a profundizar más sobre este asunto a continuación.

A pesar de haber recibido la vida por parte de nuestros padres biológicos a través de la concepción, nacemos muertos espiritualmente debido al pecado original cometido en el Edén. Adán fue creado a imagen y semejanza de Dios para reproducir criaturas humanas con las mismas características que él había recibido de lo Alto. Sin embargo, al pecar, perdió esa perfección y pasó a generar seres humanos conforme a su naturaleza pecaminosa. Explicándolo de una manera más simple, es como si el “molde” hubiera quedado defectuoso y pasara a reproducir copias también defectuosas.

Los hijos de Adán y Eva, entonces, ya no tenían la semejanza de Dios, como al principio, sino la de sus padres.

Cuando Adán había vivido ciento treinta años, engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y le puso por nombre Set.

Génesis 5:3, (subrayado por el autor)

Por eso, podemos decir que, en Adán, toda la humanidad murió y que, ahora, necesita nacer de nuevo.

Con la naturaleza carnal, el hombre perdió la capacidad de mantener comunión con el Altísimo y de preservar Su Palabra en su interior, pues el corazón humano pasó a ser malo. Observa el retrato de una persona sin el nuevo nacimiento conforme a las Escrituras:

Porque nosotros también en otro tiempo éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro

Salvador, y Su amor hacia la humanidad, Él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a Su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo.

Tito 3:3-5

Por lo tanto, el nuevo nacimiento es como una resurrección espiritual, pues el Espíritu Santo toma a aquel que estaba muerto en sus delitos y pecados y transforma totalmente su interior. Esa persona recibe también una nueva identidad espiritual, comprobando su filiación divina para comenzar a vivir como una nueva criatura.