Somos más que hijos, somos amigos de Dios. Esta amistad es bilateral. De la misma forma como deseamos dar a Dios nuestra amistad, Él también desea darnos Su cariño, afecto y ayuda. Él es nuestro verdadero amigo. Quien en Él confía y deposita su amor, naturalmente puede contar con la correspondencia.

Los grandes hombres de fe, de los cuales nos habla la Biblia, fueron, por encima de todo, amigos de Dios. El propio Señor Jesús, cuando estuvo en la tierra, hizo de Sus discípulos, amigos. Andaba, se sentaba a la mesa y oraba con ellos… Esa relación nos trajo la gratificante certeza de que es así como Dios nos ve, y es de esa manera que desea convivir con nosotros.

El mundo está confuso con respecto de lo que sea realmente el Cristianismo. La razón de eso es el hecho de muchos cristianos viven un Cristianismo, completamente disociado de los patrones establecidos, por el propio Señor Jesucristo.

La Iglesia Primitiva nos da grandes ejemplos observados en la vida de algunos de sus miembros del efecto del mensaje cristiano en la vida de las personas.
En aquella época, al convertirse al Señor Jesús, los cristianos dejaban totalmente sus estilos de vida y se transformaban verdaderamente en nuevas criaturas. Todo se hacía nuevo en sus vidas. Había en sus palabras y en sus semblantes, un brillo que difícilmente dejaba de ser notado, incluso por sus opositores. Sus vidas, mezcla de amor y humildad, los transformaban en verdaderos representantes de Cristo.

Preguntamos: ¿sucede lo mismo hoy, en nuestras iglesias? Claro que no. El egoísmo, la vanidad y el amor propio, parecen oscurecer la imagen de Cristo y, aunque Él continúe siendo el mismo, la imagen que hacen de Él han producido que el hombre sea un simple miembro de la Iglesia, en vez de transformarle en amigo de Dios.