Dios no quiere mejorar la situación de nadie. ¡Lo que Él quiere es transformar vidas! Sin embargo, para que esto suceda, es necesario que exista una entrega sincera y sin reservas de la propia vida, en las manos de Jesús. Si nos entregamos a medias, el milagro no sucederá.
“Dios no solo quiere suplir una necesidad momentánea, como puede ser la curación de una enfermedad, abrirle la puerta de un buen empleo o restaurar su familia. Él quiere darle el Espíritu Santo, porque mientras usted no lo reciba, su vida seguirá igual”, aseguraba el obispo Paulo Roberto en el primer Santo Culto de octubre.
Casi todo el mundo conoce la historia de la multiplicación de los panes y los peces, pero casi siempre se enfoca el milagro de la multiplicación en sí, y no aquello que provocó el milagro. Veamos lo que sucedió:Cuando aquella multitud de cerca de 15,000 personas siguió a Jesús para escuchar Sus enseñanzas, las horas pasaron y se hizo de noche. Jesús, que ya sabía lo que iba a hacer, quiso poner a prueba la fe de sus discípulos y les preguntó qué podrían hacer para dar de comer a toda aquella muchedumbre.

Los discípulos, llevados por su lógica humana, sugirieron al Señor que despidiera a la multitud enseguida para que pudieran encontrar algo de comer por el camino. Felipe, uno de ellos, hizo algunos cálculos matemáticos y estimó que ni 200 denarios bastarían para alimentar a toda aquella gente. Pero fue Andrés, otro de Sus discípulos, quien comunicó a Jesús que allí había un muchacho dispuesto a entregar todo lo que tenía, cinco panes y dos peces. (Juan 6:1-13)

“En aquel momento Jesús pidió al muchacho que le diera su merienda, y él, en un acto de fe, entregó todo lo que tenía en las manos de Jesús. Este chico manifestó una fe sincera en Jesús, no puso peros ni excusas. Se entregó, pues tenía la más absoluta certeza de que Él no dejaría que le faltara nada. Fue una actitud de fe pura, por eso la Biblia dice que debemos recibir el reino de Dios como niños”, hablaba el obispo.

Cuando Jesús tomó los panes y los peces, los bendijo e hizo el milagro de la multiplicación. Los discípulos, entonces, pudieron alimentar en torno a 15,000 personas y aun sobraron doce canastas llenas.

Jesús hizo aquel milagro porque alguien tuvo fe para dar, para sacrificar y entregar toda su vida. Asimismo, cuando nosotros entregamos nuestra vida en las manos de Dios, recibimos el Espíritu Santo y nuestras necesidades son suplidas. Se cumple la promesa que dice: “Buscad en primer lugar el reino de Dios y todas estas cosas serán añadidas”.

Usted es quien provoca el milagro a través de su entrega, como hizo aquel muchacho, que tuvo su vida transformada y que probablemente se llevó a casa alguna de las cestas que sobraron, llena de panes y peces. Por eso, entréguese totalmente a Dios. Él transformará su vida y no dejará que nada le falte.