Facebook 2018-12-13T14:13:59+00:00

La depresión, la ansiedad, los vicios, la tristeza o simplemente tu vacío…

¡Tienen solución!

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En el Centro de Ayuda creemos que si la fe mueve montañas, también puede restaurar la vida de una persona.

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Mariló
Mi sufrimiento empezó a una edad temprana. Era una niña muy nerviosa, con muchos complejos y muchísimo miedo

No son pocas las personas que, aún teniéndolo aparentemente “todo”, se sienten vacías y sin paz, dominadas muchas veces por los nervios y la ansiedad que los problemas del día a día les producen. Pero, ¿es posible tener paz aún pasando por problemas? Mariló no solo cree que es posible, sino que lo ha comprobado ella misma. “Mi sufrimiento empezó a una edad temprana. Era una niña muy nerviosa, con muchos complejos y muchísimo miedo. Lo pasaba mal a la hora de dormir, no sabía por qué pero sentía angustia y un peso que me impedía quedarme dormida. A menudo tenía que quedarme sentada hasta que pasase aquel episodio de angustia para poder acostarme y dormir.”—recuerda. Los padres, como es de entender, se preocupaban por su estado y la llevaban a los médicos, pero estos no le daban mucha importancia y alegaban que todo se debía a su estado nervioso. Pero ella siguió conviviendo con este sufrimiento que le acompañó “fielmente” durante toda su adolescencia, juventud y madurez. “Tuve que cargar este tormento durante muchos años de mi vida. Sentía una constante sensación de angustia y un peso en mi pecho.”—relata. Esto le afectó también a nivel social. No conseguía tener una vida normal ni disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. “Si estaba en el cine tenía que salir porque no conseguía respirar. Me daban ataques de ansiedad y de pánico en cualquier lugar. No podía estar sola en casa.” La angustia dio lugar a la depresión y a recurrentes diagnósticos psiquiátricos, y más tarde, en el intento de descubrir un método que le ayudase a tener paz y ser feliz, estudió psicología, pero no resultaba. “Tenía de todo, ataques de ansiedad, nerviosismo, depresión, trastorno bipolar… A veces tenía ataques de pánico tan fuertes que me tenían que llevar de urgencia al hospital. Me propuse estudiar psicología para ayudarme a mí misma y encontrar una salida, pero no lo conseguí. La frustración era cada vez mayor.” Era una psicóloga que no se podía ayudar a sí misma. Seguía dependiendo de los fármacos como del aire para respirar. “En aquella época tomaba Transilium. No podía salir de casa sin él, y si por algún motivo no lo tenía en mi bolso, tenía que correr a una farmacia para comprarlo. Tenía mucha inseguridad y mucho miedo de que me diera un episodio en cualquier momento y no tener esa sustancia para calmarme.”

Desesperada y cansada de tanto estudiar la causa y la solución a tanta angustia, se refugió en la religión y en el mundo de las ciencias ocultas, pero como todos los esfuerzos anteriores, todo resultó ser en vano. Sus fuerzas fueron menguando y lo único a lo que aspiraba era reducir esos momentos de angustia con el alcohol y el tabaco. “Ya sabía que no iba a conseguir mi cura. Lo único que buscaba era encontrar alguna sustancia que me ayudara a ir pasando el día.”—recuerda dolorosamente.

En aquel momento tan crítico, una amiga que le vio sufriendo la invitó al Centro de Ayuda. “Yo acepté la invitación, pero no porque tuviese algún tipo de esperanza en salir adelante, sino por agradar a mi amiga, que había insistido en ayudarme.”

Mientras viajaba hacia Atocha, donde se ubica la sede del Centro de Ayuda en Madrid, Mariló no se imaginaba que iba de camino a aquello que había buscado desde niña. Sus expectativas sobre su futuro cambiaron considerablemente después de asistir por primera vez. “Lo primero que experimenté fue un poco de paz. Una paz que nunca había experimentado en mi vida, ni siquiera cuando era niña. Allí me orientaron a hacer una cadena de oración los viernes, y esa paz fue en aumento. Empecé a tener un entendimiento que antes no tenía, y a medida que hacía las cadenas de oración, mi vida poco a poco iba cambiando.” —prosigue. Fue perseverando y practicando, un paso de cada vez y, conforme al mandamiento del Señor Jesús, tomó la decisión de bautizarse en las aguas y seguirle de todo corazón. Ya no tenía nada que perder, y sabía que Él tenía la verdadera vida que no había encontrado en ningún otro lugar. “Yo hablé con Dios con sinceridad. Quería seguirle. Ya había sufrido mucho. No quería hacer lo que yo pensaba y que me había hecho tanto daño. Me bauticé y seguí obedeciendo Su palabra.” Quien conoció a Mariló en sus peores momentos y ve ahora su semblante, percibe que ya no es la misma mujer limitada por problemas espirituales, sino que conoció la verdadera libertad.

“Ahora soy una mujer verdaderamente feliz. Sé lo que es tener Vida, porque yo la tengo. Cada día tengo más ganas de conocer a este Dios maravilloso y de hablarle a las personas sobre lo que Él ha hecho en mi vida, ¡y de lo que puede hacer en la vida de todos!”

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Carmen Mariño
La muerte era un pensamiento constante, aunque en el fondo de mi alma yo quería vivir y luchar por mis sueños

Mi sufrimiento empezó en la adolescencia. A raíz de problemas familiares, donde predominaban las peleas y los problemas mentales como la depresión, trastornos obsesivos o esquizofrenia, empecé a sufrir ataques de pánico y de angustia que desembocaron en una profunda depresión. Por causa de este problema tuve que empezar a tomar medicación para minimizar los ataques que podían surgir en cualquier momento. Tuve que dejar de practicar deporte y empecé a suspender casi todos los exámenes de la universidad. No conseguía dormir. La hora de acostarme la encaraba con mucho estrés y ansiedad porque tardaba horas en quedarme dormida, y cuando lo hacía, a veces me despertaba con un ataque de pánico y llorando sin saber por qué. Mi día a día era angustioso. Solo aquel que pasa por una situación similar puede comprender lo que es vivir pendiente de cuando el “monstruo del pánico” le de el antojo de volver. A veces era en la calle, paseando, hablando con un amigo o tomando algo en una cafetería. El ataque de pánico podía aparecer en cualquier momento y en cualquier lugar. Recuerdo que un día, estando en una playa muy tranquila, charlando con un amigo sobre temas triviales, me dio un ataque de pánico muy fuerte. La angustia que viví en aquellos minutos quedaron marcados en mi memoria. La persona que sufre con ataques de pánico tiene la sensación de que tendrá una muerte inminente, las palpitaciones se pasan de revoluciones y parece que de un momento a otro el corazón empezará a echar humo y explotar. Uno suda en frio, y lo único que consigue hacer es correr y pedir por socorro. Es horrible. Yo quería luchar y estudiar pero no tenía fuerza, pensaba que acabaría en un psiquiátrico y que no podría hacer una vida normal. Sentimentalmente era una persona muy carente. La falta de la figura de un padre presente y que me apoyara, hizo que no fuera una persona segura y que buscase fuera, el cariño y seguridad que no tenía dentro de casa. Tuve varias parejas, pero ninguna de ellas me hizo sentir paz o verdadera felicidad, muy al contrario, a veces terminaba sintiéndome usada, sin valor, lo que contribuía a mi estado depresivo. Pasaron un par de años y en el intento de seguir adelante leía libros de autoayuda y me sometía a sesiones de regresión, pero no funcionaban. A cada día me encerraba más en mi propios miedos y no hablaba nada a nadie para evitar que me tacharan de problemática o simplemente, de loca.
Mi refugio era internet, y como tenía miedo de irme a cama porque en ocasiones me despertaba llorando y gritando, me dedicaba a buscar páginas y chats donde pudiese hablar con personas que hubiesen pasado por lo mismo que yo y que hubiesen vencido. Esa era mi esperanza.
Un día, en uno de esos chats, una señora me habló del Centro de Ayuda y del Dios vivo que nos ayuda si nosotros actuamos nuestra fe. Durante dos años esta persona se convirtió en mi mejor amiga, me refugiaba en ella, hasta que ya no conseguía soportar más la depresión, el vacío y la angustia. La muerte era un pensamiento constante, aunque en el fondo de mi alma yo quería vivir y luchar por mis sueños.
Cuando busqué en internet la dirección del Centro de Ayuda me sorprendió ver que estaba cerca de mi domicilio. No lo pensé dos veces y fui. Me recibieron muy bien y me explicaron que tenía un problema espiritual y que después de hacer una cadena de liberación, todos esos síntomas desaparecerían. Me costó creer al principio pero me aferré a la fe como si fuera mi última oportunidad de ser feliz. Después de tres meses ya no tomaba ninguna medicación y los síntomas de angustia y ansiedad habían desaparecido totalmente. ¡El tratamiento es infalible!
De todo esto ya pasaron 13 años y puedo decir que el cambio en mi vida no fue momentáneo ni temporal, ya que no he vuelto a tomar, desde entonces, ningún ansiolítico o antidepresivo. A lo largo de este tiempo he conseguido tener la paz que tanto deseaba, terminar mi carrera y posgrado, y vivir en el extranjero durante años, algo impensable en aquellos momentos tan difíciles. También he visto cambios en mi vida familiar, ya que antes había muchas peleas y rencor, pero hemos conseguido restaurar muchas relaciones dañadas. Económicamente también aprendí a prosperar tomando actitudes en base a las orientaciones que recibí en este lugar y ahora me siento realizada con mi profesión. Sentimentalmente, antes que era una persona frustrada y que no conseguía tener una estabilidad, ahora tengo una persona a mi lado que me cuida, me completa y me valora como mujer. Sin embargo, de todo lo que tengo y hago en mi vida, mi mayor placer es poder decirle a las personas que sufren, que existe una salida, sea cual sea el problema que están viviendo.

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Enrique Ruiz
Las drogas estuvieron a punto de arruinar su vida. En el Centro de Ayuda, Enrique, encontró la comprensión que necesitaba.

Los ex-adictos dicen que la heroína y la dependencia a otras sustancias solo tiene tres salidas: la cárcel, el hospital o el cementerio. Enrique visitó las dos primeras. Otros amigos no tuvieron tanta suerte y hoy no pueden contarlo. “Yo di mis primeras caladas al porro y me gustó y me hizo sentirme bien”, recuerda nuestro protagonista. Así buscaba evadirse de sus problemas. Y es que a pesar de su juventud había sufrido mucho. Tenía muchos complejos, era tartamudo y se reían de él. Además, su madre se debatía constantemente entre la vida y la muerte. “La diagnosticaron cáncer, tuvo varias operaciones y yo me quedaba en casa de algún familiar, pero sentía que estorbaba. Además, yo escuchaba sus conversaciones y decían Juanita se está muriendo. Así que con 12 años empecé a probar hachís, porros, pastillas... y después quise más”, afirma Enrique. Con 17 años consumía cocaína habitualmente. Un desengaño amoroso le hizo refugiarse más en ese mundo y cayó también en la heroína. ¡Esa fue su perdición! “Nunca me faltó el trabajo y al principio no tenía problemas para asumir el coste de esas drogas. Luego pasé a más dosis, a más gramos, y cuando subes las cantidades tu sueldo no es suficiente”.
Así que decidió también traficar para ganar más dinero e incluso robar junto a sus amigos. ¡No les importaba absolutamente nada ni nadie! La situación era incontrolable. Insultaba a sus padres, les empujaba y les faltaba al respeto constantemente. Enrique vivía por y para las drogas. No sé dio cuenta de la gravedad del problema hasta que pasó su primer mono. Posteriormente sufrió una sobredosis. “Cuando me despertaron en el hospital, entubado por todos los lados, recuerdo que el médico me dijo volviste a nacer Enrique, pero eso no me quitó el miedo”. Acudió a psicólogos y a clínicas de desintoxicación. Conseguía limpiarse durante los seis meses que permanecía encerrado, pero cuando salía recaía de nuevo. Tenía ya 28 años y pensaba que no tenía ninguna salida. Un día que estaba en casa escuchó un programa de radio que le hizo recuperar la esperanza. “Escuché hablar del Centro de Ayuda. Las personas que estaban participando en el programa me llamaron la atención. Estaban felices, estaban positivas, decían que todo puede cambiar”, relata. Decidió acudir a una reunión. Se encontró a otros jóvenes que estaban alegres y que fueron capaces de superar sus problemas. Encontró la motivación y la esperanza que tanto necesitaba. Siguió haciendo caso a todos esos consejos y en pocos meses consiguió dejar 17 años de drogas. España es el quinto país de toda Europa en el que más cocaína y cannabis se consume según el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías. Gracias al Centro de Ayuda, Enrique ha conseguido tener una segunda oportunidad ¡y no piensa desaprovecharla! De hecho, lleva ya 25 años sin consumir.

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Tita Rodríguez
Los problemas familiares la sumieron en una depresión. Tita recibió el apoyo del Centro de Ayuda y ahora es feliz.

Pasamos media vida planeando cómo será nuestro futuro, pero en la mayoría de las ocasiones, es caprichoso. Tita se casó muy enamorada y tanto ella como su marido tenían claro que querían formar una familia. Cuando llegó el momento nada fue como imaginaron. “Nació nuestro primer hijo, pero mi marido seguía haciendo su vida. Le vino grande la responsabilidad y yo me sentía muy sola. Se me vino el mundo encima”, relata Tita.
Tres años más tarde nació su segundo hijo y los problemas se multiplicaron porque, para colmo, nació prematuro y con muchos problemas de salud. “Tuve que centrar toda mi atención en el pequeño y me agobié mucho porque además de intentar ocuparme de los dos niños, el mayor empezó a tener unos celos horribles y fue muy difícil lidiar con la situación yo sola”, recuerda nuestra protagonista. Tita estaba muy deprimida, lloraba sin saber porqué cuando nadie la veía, pero al mismo tiempo sabía que tenía que ser fuerte porque sus hijos solo la tenían a ella. Las consecuencias no tardaron en llegar. Sus hijos se hicieron adolescentes y uno de ellos se reveló. Empezó a salir con malas compañías, a consumir drogas, e incluso, a agredir verbal y físicamente a su madre.
“Cada vez estaba más triste y más deprimida. Una amiga me invitó a que la acompañara al Centro de Ayuda porque estaba segura de que me podrían ayudar. Decidí acudir porque no tenía nada que perder”, asegura. Tita nos cuenta que el primer día que fue se sintió comprendida y notó alivio y esperanza. Continuó yendo a las reuniones y poniendo en práctica los consejos que la daban. Transcurrió un tiempo y comenzó a sentirse mejor. “Mi marido ha cambiado, mi hijo el que me agredía ahora me da besos, me da todo el cariño que no me dio. Me ha compensado por todo lo que sufrí”, comenta emocionada. Sus problemas familiares desaparecieron, se convirtió en una mujer nueva y, por fin, recuperó la sonrisa.

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Rosa Sambad
Una dura infancia que marcó el resto de su vida. Rosa se encontraba completamente sola y abandonada hasta que encontró el Centro de Ayuda

Cuando todo se derrumba es muy difícil ser positivos y continuar mirando para adelante. Eso es lo que le ocurrió a Rosa. “Mi vida estaba destrozada en todas las áreas. En el área sentimental, en la vida económica, en la espiritual y en la familiar también. Todo se desmoronó al mismo tiempo. Mi vida era un caos en ese momento”, nos cuenta nuestra protagonista. Su infancia no fue sencilla. Desde pequeña sufrió abusos por parte de familiares cercanos y eso la marcó el resto de su vida. Cuando todo lo que tenía en su etapa adulta se viene abajo, cae en una fuerte depresión. “Me dieron medicación y llegué a tener ansiedad que nunca la había tenido, insomnio, taquicardias, miedo a salir de casa…”, relata. Perdió la esperanza y la ilusión por vivir. Todo la daba igual. “No encontraba sentido a mi vida y acabé en el hospital con tubos por todos los lados. Esa fue mi primera experiencia. Posteriormente lo intenté dos veces más. Ponía mi vaso delante, machacaba un montón de pastillas, me tomaba un par de tragos, pero después de lo mal que lo pasé en la primera ocasión, había algo que no me permitía culminarlo”, asegura Rosa.
Se sentía invisible para todo el mundo, sola e incomprendida. “En esa etapa en la que yo estaba tan mal, un amigo me invitó a venir al Centro de Ayuda porque él me dijo que podían aconsejarme y resolver mis problemas. Cuando llegué el primer día, la verdad es que me gustó y seguí participando en las reuniones”.
Poco a poco la fueron orientando y ayudando. Hoy su vida es completamente diferente, “soy una mujer feliz y capaz de afrontar los problemas. Siempre digo que el día que empecé a venir al Centro de Ayuda, volví a nacer”.

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