Kimberly solo buscaba ser feliz, sentirse amada, encontrar su lugar en el mundo, pero todo le salió mal. La separación de sus padres y los conflictos en el hogar la hicieron pensar que su valor siempre dependería de los demás. Pero ya no.
“Era acomplejada con mi apariencia. Y desde la separación de mis padres, empecé a depender de la atención total de los chicos con los que me relacionaba. Me quedé embarazada y pensé que entonces sería feliz con mi pareja, pero salió mal. Las relaciones que vinieron después también fueron un fracaso. Empecé a ir a discotecas y a probar diferentes drogas por influencia de mis amistades”, recuerda el caos de su juventud.
Las inseguridades y las crisis aumentaban cada vez que tenía una decepción amorosa. “Cuando se terminaba una relación me quedaba deprimida al punto de pensar en el suicidio. Lo intenté dos veces. También sufría ataques de ansiedad con pérdida de conciencia. Me cortaba, lloraba todo el día y me encerraba en mi habitación. No quería ducharme ni comer, llegué a estar 10 kilos por debajo de mi peso normal”. Esta situación duró varios años hasta que su madre logró convencerla de ir al Centro de Ayuda Cristiano.
“Allí conocí la Fuerza Joven, donde recibí apoyo. Hice varios talleres y empecé a interesarme por la Palabra de Dios y las reuniones de la iglesia, principalmente viernes y domingo. Poco a poco fui sanada interiormente y recuperé mi autoestima. Entregué todo a Dios y Él transformó mi vida por completo a través del Espíritu Santo. Él es mi mayor tesoro. Ahora soy feliz, tengo paz y no tengo ningún tipo de vicio ni pensamientos negativos. ¡Quiero vivir, ayudar y mostrar que sí se puede salir de la oscuridad!”


