Varios estudios alertan que el uso abusivo de cannabis deteriora el cerebro, causando deficiencias cognitivas y aumentando el riesgo de desarrollar problemas psiquiátricos.
Además, un estudio publicado en la revista Journal of Addiction Research & Therapy señala que su consumo altera la percepción sensorial y reduce la memoria a corto plazo, la atención y las habilidades motoras, lo que puede derivar en otros problemas añadidos, como un bajo rendimiento académico y laboral.
Estas fueron las secuelas que Adrián sufrió a causa del consumo compulsivo de marihuana y otras sustancias.
Tuvo una infancia feliz, pero todo comenzó a torcerse al llegar a la adolescencia, coincidiendo con la separación de sus padres tras varios conflictos. Aquello dejó en él cierto resentimiento. Sin embargo, el joven no atribuye su adicción al vacío que dejaron, sino a sus propias decisiones.
“Los porros eran mi vida”
“Con 14 años conocí a un grupo de amigos que me introdujo en la marihuana. Después probé otras drogas, como el cristal y las pastillas, pero mi mayor vicio eran los porros. Estuve hasta los 25 años fumando a diario”, confiesa.
Como era de esperar, una adicción tan severa y prolongada tuvo consecuencias en su salud y en su economía. “Me afectó a la respiración: me provocaba falta de aire, dolores en el pecho y pérdida de memoria, lo que perjudicaba mi rendimiento en el trabajo… Los porros eran mi vida. Todo mi sueldo se iba en marihuana, porque desayunaba, comía, merendaba y cenaba con porros. Incluso dejaba uno preparado por la noche por si me despertaba… era un zombi con patas”, se sincera.
Cambio de mente, cambio de vida
Cuando Giovanna, su actual esposa, le invitó al Centro de Ayuda Cristiano, Adrián empezó a ver la luz. Se embarcó en un proceso de liberación que pronto culminó en el abandono de las sustancias que consumía. Sin embargo, tras ver mejoras en su vida, dejó de usar la fe y se estancó nuevamente.
“Desde el principio abrí mi corazón a Dios y entendí Su Palabra. ¡Nunca había llorado tanto en mi vida! Pero con aquellas lágrimas llegó mi liberación. Dejé el vicio de la marihuana y conseguí un buen empleo que hasta ahora conservo, pero no quise entregarme de verdad. Quería las bendiciones, no a quien las da. En el fondo no quería cambiar, y por eso seguía vacío interiormente”, reconoce el mallorquín.
Pasó un tiempo hasta que Adrián abrió los ojos a su realidad. Su vida había mejorado notablemente: no solo había superado su adicción, sino que su madre también había sido liberada del alcohol, su salud se había restablecido y su vida profesional había despegado. Sin embargo, en el fondo sabía que estaba lejos de Dios, y nada compensaba ese vacío interior.
“Tomé la decisión de cambiar, porque sabía que, a pesar de estar en la iglesia, no estaba salvo. Entonces rompí con todo lo que me estaba alejando de Dios, como la mentira y la malicia, y busqué el Espíritu Santo con todas mis fuerzas. Nunca me olvidaré del día en que lo recibí, porque ha sido un cambio enorme. Me ha dado paz, fuerza y un deseo enorme de servir a Dios y ganar almas para Él. Tengo un matrimonio muy bendecido y juntos crecemos con Dios. La relación con mis padres está totalmente sanada e incluso estoy llevando la Palabra a mis familiares porque quiero que conozcan al Dios que nos transforma de dentro hacia fuera”.
Adrián Martínez


