El 22 de marzo vivimos un Santo Culto maravilloso. Comenzamos con la oración por las familias y la bendición del agua, continuamos con la oración por la cura interior, y fuimos testigos de un impactante testimonio de transformación familiar. Pero lo más importante llegó al final: un mensaje que nos hizo cuestionar si nuestro amor por Dios era verdadero o simplemente una emoción pasajera.
Quien ama a Dios de verdad, guarda Su palabra; quien no lo ama, no la guarda. Así de simple. Amar no depende de sentimientos, sino de actitudes. Muchos dicen que aman a Dios, pero si no practican Su palabra, ese amor no es real.
Vivimos en un mundo donde parece que el amor siempre se mide por lo que sentimos. Pero los sentimientos son inestables: cambian, fluctúan, se van. Por eso escuchamos tantas veces frases como “el amor se acabó” o “ya no te quiero”.
El amor verdadero es mucho más que un sentimiento: es una decisión. Como enseñaba el obispo:
“Es elegir permanecer hasta el fin, en las buenas y, sobre todo, en las malas; es perdonar, servir, hacer bien a la otra persona, dar sin esperar nada a cambio… La Biblia dice que el amor lo supera todo”.
Con Dios sucede lo mismo. Amarlo de verdad significa ponerlo en primer lugar, entregarnos por completo y hacer que Él sea nuestra prioridad en todo. Amar a Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza y toda nuestra mente.
Cuando tomamos esa decisión, Dios también nos ama y viene a habitar en nuestro interior a través del Espíritu Santo. Como está escrito:
“Jesús respondió y le dijo: ‘Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre que me envió’.” – Juan 14:23-24
¿Quieres aprender a amar a Dios y recibir el Espíritu Santo?
Ven el próximo domingo 29 de marzo, Domingo de Ramos, y ten un encuentro personal con Él. Tu vida jamás será la misma.
Busca aquí la dirección de la iglesia del Centro de Ayuda Cristiano más próxima a tu domicilio.
¡El Señor Jesús te espera con los brazos abiertos!


