Liliana fue víctima de varios abusos desde su infancia hasta la adolescencia. Nunca se lo contó a nadie, por lo que sufrió en silencio durante muchos años. Se casó joven pensando que su tormento se acabaría, pero el dolor la acompañó también durante los primeros años de matrimonio.
“Desde muy pequeña viví situaciones muy dolorosas. A los cinco años sufrí un abuso por parte de un familiar, y a los diez volví a ser abusada por otro familiar durante siete años. El miedo me llevó a guardar silencio, y ese silencio me llevó a una profunda depresión: no dormía, tenía pesadillas, me aislaba y me autolesionaba intentando canalizar ese dolor. Pensaba que no valía para nada y que había nacido para ser usada”, relata Liliana.
Para escapar de aquel sufrimiento interior, la joven empezó a buscar maneras de evadirse. “Empecé a salir de noche, a rodearme de malas amistades y a beber alcohol, primero en fiestas y luego sola. Al final de cada noche siempre me sentía sucia, vacía y sin ningún valor”, confiesa.

Cuando conoció a su actual marido pensó que, por fin, todo sería diferente y que podría ser feliz. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. “La relación se volvió muy tóxica y violenta. Nos insultábamos y nos agredíamos, hasta el punto de lanzarnos cuchillos. Un día, Rubén incluso intentó asfixiarme y perdí el conocimiento. Rompíamos, y al poco tiempo iba detrás de él suplicándole que volviera conmigo”, recuerda.
Pero la violencia no era el único problema. El tormento del abuso regresaba cada noche. “No dormía, veía bultos y tenía pesadillas. Me sentía sola y sin esperanza. Deseaba morir. De hecho, intenté suicidarme cinco veces, pero siempre apareció alguien que lo impidió.
Fue entonces cuando su madre, al conocer el Centro de Ayuda Cristiano a través de la radio, supo que podía ser una salida para Liliana y le pidió que la acompañara. “Allí encontré orientación y apoyo. Desde el primer día sentí paz, algo que no había sentido en años. Me aferré a Dios con todas mis fuerzas, hice cadenas de oración y perseveré. Poco a poco empecé a dormir sin pesadillas y recuperé las ganas de vivir. Aprendí a perdonar y Dios comenzó a restaurar mi interior, sanándome de los traumas, la culpa, la rabia y la tristeza. Entonces, el vacío desapareció cuando Él me llenó con Su Espíritu. Es la mayor conquista de mi vida, pues Él era y es todo lo que necesito.”
El cambio de Liliana fue tan evidente, que su marido decidió acompañarla a la iglesia. “Era muy machista, me creía su dueño. Me drogaba y bebía mucho. Cuando empecé a ver el cambio en ella me daba mucha rabia porque yo estaba mal”, reconoce. “Cuando le di a escoger entre Jesús y yo, ella me dijo que me fuera… En ese momento todo mi orgullo se vino abajo y entendí que tenía que cambiar.”
Hoy, la relación de esta joven pareja ha sido totalmente transformada y actualmente están más unidos que nunca. “¡Ahora mi marido parece otro hombre! Ya no hay peleas, me ama y me respeta. Tenemos paz entre nosotros y yo vencí todos mis traumas. Somos muy felices. Ahora puedo decir con seguridad que sí hay una salida para cualquier persona que se entrega a Dios de verdad.”
Liliana Poma


