La historia de Giovanna es un claro manifiesto de que el mundo de la fiesta, el alcohol y las drogas no puede llenar el vacío de nadie. De hecho, a medida que la joven tenía “nuevas experiencias”, más sola y ansiosa se sentía. Ahora, con el timón de su propia vida en sus manos, invita a adolescentes y jóvenes a reflexionar sobre lo que se considera “normal” en los días de hoy.
“En mi infancia siempre hubo adicciones, violencia e insultos, y mis padres se separaron cuando yo tenía 2 años. Mi madre trabajó muy duro para sacarnos a mi hermano y a mí adelante, por lo que pasaba mucho tiempo sola y con mucha libertad. Desde pequeña pensaba que mi madre no me quería, que no servía para nada y que me esperaba un futuro muy negro”, confiesa.
La libertad que le ofrecía su entorno y la soledad que sentía, hizo que Giovanna buscara fuera lo que no encontraba dentro de casa. “Con 11 años me juntaba con gente que me influenciaba a hacer lo malo y a los 15 ya estaba completamente perdida en el mundo de la noche y las drogas. Vivía pensando en el fin de semana, pero llegaba el día y las bebidas me hacían perder el conocimiento, me volvía agresiva e incluso ponía mi vida en peligro. Cuando llegaba a casa me sentía avergonzada, deprimida, angustiada y sola. Quería cambiar de vida, pero no tenía fuerzas”.
Su abuela María fue la que le mostró el camino hacia el cambio. “En el Centro de Ayuda Cristiano conocí el camino de la verdad. Aquí me liberé del mundo de la noche y de las drogas, esa fue mi primera petición a Dios. Los miércoles, viernes y domingos fueron muy importantes para mí. Ahora soy una joven tranquila, paciente, retomé mis estudios, tengo planes y me encanta compartir tiempo con mi familia. Es una vida totalmente diferente. Me llenan cosas pequeñas, y, sobre todo, tengo paz y verdadero amor, algo que había estado buscando durante muchos años”, concluye.
Giovanna Vitoria


