Muchas personas no sabrían ponerle nombre, pero saben muy bien lo que es, porque conviven con ello a diario. Es una sensación silenciosa, angustiosa y persistente, que siempre está ahí, arraigada en lo más profundo de su interior.
Para dejar de sentirla, intentan llenarla con cosas, relaciones y logros. Por un momento parece desaparecer, pero pronto vuelve con más fuerza, llevándolas incluso a cuestionarse el propósito de su propia vida. A esto lo llamamos vacío interior.
Este vacío, que habita en el alma, tiene el mismo tamaño que Dios. Por eso, nada material en este mundo puede llenarlo. Solo el Espíritu Santo puede encajar a la perfección en ese espacio del alma. Y solo cuando una persona lo recibe es cuando, finalmente, se siente completa.
«Ostentaba marcas y exigía un trato distinguido, pero por dentro el vacío me consumía y mi matrimonio estaba destruido»
Noemí era una de esas personas que no conseguía llenar ese vacío interior. Intentó hacerlo con todo lo que el dinero podía comprar, pero nada de eso le dio la paz que tanto necesitaba. Cuando su vida, junto con su matrimonio, comenzó a derrumbarse, decidió rendirse al Espíritu Santo. Hoy se siente completa y vive el matrimonio que siempre había soñado.
Ver como su madre sufría la hizo crecer “rebotada”, de mal humor y siempre irritada. Cuando conoció a su actual marido pensó que sería más feliz, pero empezó a descargar toda su frustración sobre él. “Me gustaba pelearme con él, hacerle daño con mis palabras. Así intentaba quitar esa rabia y ese vacío que tenía en el interior”, reconoce.
Confiesa que su actitud en casa era controladora. “Me gustaba controlarlo todo. Yo administraba el dinero que entraba en casa, que era mucho, y me convertí en una mujer muy materialista y avara.”
El dinero le daba una sensación de seguridad. “Cuando iba al banco me atendía el director directamente, no aceptaba que me tratasen empleados, lo que me hizo ser también una persona muy orgullosa y prepotente. Me gustaba ostentar marcas y joyas exclusivas, pero a pesar de tener tantas cosas materiales, mi vacío aumentaba y mi mal carácter también.”
Su marido, que ya conocía el Centro de Ayuda Cristiano, le dio un ultimátum.
“Me dijo que si quería seguir con la relación debíamos conocer a Dios de verdad, y yo, como estaba cansada de vivir así, acepté.”

Al principio, Noemí iba a la iglesia por su marido, no porque quisiera ir. “Poco a poco, con las cadenas de oración, Dios fue trabajando en mí. Nunca nadie me obligó a nada, yo fui tomando mis propias decisiones de manera consciente y racional. Mi fe empezó a darme resultados y mi mente fue abriéndose, por lo que empecé a ver con más claridad. Ahora yo digo que de verdad nací de nuevo porque de esa Noemí solo quedó un recuerdo del pasado”, cuenta feliz.
Ahora su vida está bendecida en todas las áreas, pero principalmente espiritual y sentimentalmente. “Tengo un matrimonio extraordinario porque Dios nos moldeó a los dos. ¡Ahora soy una esposa de verdad para mi marido! Por medio de mi fe, mi hermano salió de las drogas y volvimos a ser una familia unida. Me liberé del rencor y del materialismo porque ahora lo que me llena es el Espíritu Santo.»
«Soy feliz, no por lo que tengo, sino por lo que soy.”
Noemí Ibáñez


