Se crio en un hogar feliz, con estabilidad económica y buenos referentes. Sin embargo, desde pequeña, Isabel parecía inclinarse más hacia lo malo que hacia lo bueno, algo que con el tiempo tuvo sus consecuencias: acabó atrapada en las drogas y viviendo una maternidad al borde de la negligencia.
Solo consiguió dar un giro a su vida cuando, tras un encuentro personal con el Espíritu Santo, experimentó una profunda transformación interior.

“Desde pequeña me llamaba la atención lo malo. En el colegio me apartaba de las buenas amistades y me juntaba con las malas. Luego, en la adolescencia, empecé a fumar tabaco, porros y a vivir más en la calle que en casa. Con el tiempo terminé enganchada al alcohol y a la cocaína. En ese ambiente conocí a mi pareja, de la que nació mi primer hijo, pero en lugar de ‘sentar cabeza’, dejábamos al niño con cualquiera y nos íbamos por ahí”, reconoce la viguesa.
Todo fue de mal en peor. “Llegué a mi fondo del pozo cuando probé la cocaína fumada. ¡Me metí de lleno! Empecé a robar carne y mariscos caros para revenderlos a mitad de precio. Un día, estando con mi hijo en casa, empecé a encontrarme muy mal y sabía que estaba a punto de sufrir una sobredosis. En ese momento le pedí a Dios que, si me ayudaba, abandonaría la droga. Y así fue: Dios me libró de la muerte e intenté salir de la drogadicción. Me ingresé en una clínica de rehabilitación varios meses, pero cuando salí, recaí aún peor”, confiesa.
Punto de inflexión
Isabel tuvo a su segundo hijo y, con él, nació en ella un firme deseo de cambio. La oportunidad llegó en forma de invitación: “Tenía una tristeza profunda, no quería seguir en esa vida. Entonces un familiar me invitó al Centro de Ayuda Cristiano, y como la noté tan cambiada desde que asistía, yo quise asistir también. Desde el primer día que fui, me sentí tan bien que me dije: ‘de aquí no salgo’. Escuchaba la Palabra, que me confrontaba, pero a la vez me liberaba. Entonces me rendí, me bauticé en las aguas y empecé a hacer los propósitos. Perdoné de corazón al padre de mis hijos y también le pedí perdón a él.
Tras algunos meses, muchas luchas y una Hoguera Santa, recibí el Espíritu Santo al hacer la oración más sincera de mi vida. A partir de entonces, mi semblante, mi carácter y mi forma de ver las cosas y a las personas cambiaron. Ahora disfruto de mis hijos y soy una madre responsable. Siempre tengo ganas de llegar a casa para besarlos y educarlos. Las drogas son cosa del pasado, no necesito nada para sentirme bien. Hace poco perdí a mi madre, y quien me ha dado consuelo en esos momentos ha sido Él. Mi mayor deseo es decirle a todo el mundo lo que Dios ha hecho por mí. Ahora miro atrás y pienso: ¡cómo pude estar tanto tiempo sin conocerte!”
Isabel Otero


