La familia es la unidad básica de la sociedad, un grupo de personas que viven unidas por vínculos de amor y parentesco, normalmente a partir de la unión de dos personas que se aman.

Sin embargo, la realidad dista mucho de esta idea inicial. Muchas familias viven situaciones muy difíciles, algunas de las cuales se han convertido en auténticos dramas.
En los últimos meses, hemos visto noticias estremecedoras sobre conflictos familiares graves: enfrentamientos entre padres e hijos, adolescentes que no quieren vivir, maltratos en la pareja… violencia, tensión y sufrimiento en un lugar donde debería reinar el amor, la comprensión y el apoyo.
Pero no hace falta consultar un periódico ni irnos muy lejos para saber que muchas familias viven al límite. En cualquier vecindario o barrio de cualquier localidad, existen hogares que dejaron de serlo, porque en lugar de hablar se insultan, porque en lugar de amarse, se odian; porque en lugar de abrazarse, se golpean.
Y no es que ya no haya amor, sino que responden de manera emocional a ataques que reciben desde el ámbito espiritual. Aquellas familias que no están resguardadas por el abrigo de Dios, no tienen capacidad de hacer frente a estos ataques.
Pero Dios, que es el Creador de la familia, también tiene el interés y el poder para transformar cada miembro y, por ende, cada casa en un hogar feliz, con paz y un amor renovado.
MADRE E HIJA: VIDAS ROTAS BAJO EL MISMO TECHO
Martina, madre de Olivia y Moisés, vivió situaciones realmente dolorosas en su propio hogar. Luchó hasta la extenuación para ayudar a su hija adolescente, que se había vuelto agresiva y amenazaba con quitarse la vida, hasta que entendió que debía luchar con Dios y permitir que Él hiciese un milagro.
“Mi hija, cuando empezó el instituto, se volvió muy agresiva. Le faltaba el respeto a los profesores y a sus compañeros… y a mí me golpeaba y me dejaba moretones en los brazos”, confiesa pesarosa.
“FUE MUY DURO, NO PODÍA MÁS”
La mujer vivía un verdadero calvario. “Por el día trabajaba, pero por la noche me quedaba custodiándola, porque cogía los cuchillos para autolesionarse. Atentó varias veces contra su vida… y yo estaba sola en esto, no tenía apoyos”, recuerda.
En la iglesia aprendió a usar la fe y a permitir que Dios interviniese. “Decidí luchar, no contra Olivia, sino contra el mal. Hacía cadenas de oración, ungía a mis hijos y oraba sin parar. Ella incluso se reía de mí, pero yo sabía que Dios estaba obrando”.
“SENTÍA MUCHO ODIO, MUCHA CULPA”
La hija de Martina, Olivia, cuenta lo que sucedía en su interior para reaccionar de aquella manera:
“Crecí con mi tía, y en su casa me sentía despreciada, sin cariño ni atención. Me dijeron que mi madre me había abandonado en el aeropuerto y en ese momento empecé a odiarla…” relata el momento en que empezó a sufrir.
“Cuando vine a España, mi mochila estaba cargada de odio. Me costó mucho adaptarme y sufrí bullying en el colegio. Ya en la ESO, la situación empeoró. Empecé a tener migrañas y me volví muy agresiva. Pegaba a mi madre, a mi hermano y también me cortaba… incluso intenté suicidarme varias veces”, confiesa.
Las migrañas le provocaban vómitos y fue medicada para poder dormir. En el instituto, la situación empeoró porque dejó de asistir a sus clases. “Tenía más de 200 faltas, pero mi madre no sabía nada, hasta que la llamaron y le dijeron que iban a avisar a los servicios sociales. En ese momento mi madre se derrumbó completamente. Ahí me di cuenta del daño que estaba haciéndole a ella y a mí misma.”
ARREPENTIMIENTO Y TRANSFORMACIÓN
La dura lucha espiritual de la madre trajo frutos de alegría y paz. La joven entendió que necesitaba a Dios y deseó buscar su cambio interior. Decidió perdonar de verdad, entregarse y buscar el Espíritu Santo. “Me bauticé en las aguas, perdoné de corazón y, aunque no fue fácil, Dios cambió mi vida por completo”, afirma la joven.
La familia, que antes proyectaba división, pelea y conflictos, ahora proyecta paz, alegría y unión.

Martina sonríe feliz: “Estoy muy agradecida. Dios restauró nuestro hogar por completo. Mi hija es una chica feliz y cariñosa, y mi hijo dejó de abusar de los videojuegos; ahora disfrutamos de los momentos en familia. Hubo un antes y un después, pero lo mejor es que tanto mis hijos como yo tenemos el Espíritu Santo; ese es nuestro escudo más fuerte», concluye Martina.
Después de la paz interior y la salvación del alma, que solo se consigue por medio de una comunión diaria con Dios, la familia debe ser lo más importante. Nunca debemos desistir de creer en su restauración. Los jueves a las 20 h en la Terapia del Amor, y principalmente los domingos a las 10 de la mañana, luchamos por este tesoro que es la familia. Te esperamos en el Centro de Ayuda Cristiano más cercano a tu domicilio.




