El éxito y las quejas no combinan.

La queja es una plaga que se ha propagado en nuestra sociedad. Gran parte de esa costumbre proviene del hecho de que, al quejarse, uno tiene la sensación de que está haciendo algo para cambiar su situación, pero con poco o casi ningún esfuerzo. Es mucho más fácil quejarse que actuar de forma efectiva para cambiar la situación.

Quejarse es un vicio. Y empieza temprano. En un primer momento, el niño que se queja recibe atención de los padres, de los maestros, de todo el mundo. Parece algo bueno, lo que lleva a crear el hábito de quejarse. Sin embargo, con el paso del tiempo, la persona que se queja se hace molesta. Y termina sola.

Nadie aguanta a una persona que se queja de la vida. Se vuelve aburrida, agria, porque solo abre la boca para quejarse en vez de avanzar. Es como si fuera una víctima de la situación. Es mucho más fácil verse así, porque uno tiene la false sensación de que no es responsable por nada de lo que le pasa. Si las cosas salen bien, es culpa de la buena suerte. Pero si salen mal, es culpa de la mala suerte, de la vida, del mundo, de los demás, de cualquier cosa, menos suya. De esa manera, no se siente tan mal cuando fracasa.

Al quejarse, muestra que no tuvo nada que ver con eso. Quiere creer que no es su culpa. Tal vez incluso pueda convencer a alguien. Tal vez pueda lograr la compasión de otras personas quejándose. O tal vez se vuelva tan fastidioso que los otros prefieran ni discutir. En ese caso, incluso podría parecer que la queja funcionó. Y el vicio continúa.

Es como si, en todo el mundo, ningún problema fuese tan complicado como el suyo. Usted incluso logra ver problemas peores en otras personas, pero sus ojos inmediatamente se dirigen a algo que hace que el suyo parezca tener menos solución, o su atención se desvía hacia alguna ventaja que la persona tiene sobre usted.

El muchacho es tetrapléjico, pero está saliendo adelante porque, a pesar de todo, tuvo una familia unida. En cambio yo –piensa usted- nací en un hogar disfuncional, tuve una infancia difícil… O si una joven tuvo una infancia difícil y hoy venció en la vida, también –argumenta usted- tuvo suerte porque pudo estudiar mientras trabajaba. Yo tuve problemas de salud y no pude terminar la universidad. Así, dando excusas para su fracaso, usted se entrena para nunca encontrar una salida a sus problemas.

Porque eso es lo que hace la queja con una persona: la aprisiona en una secuencia infinita de fracasos. Usted va creando un modelo de desgracia en su vida, sin darse cuenta. Y lo contrario también es verdad. Cuando deja de quejarse se concentra en lo que puede hacer para resolver el problema, empieza a crear un modelo de éxito que va a transformar su vida.

La escritora Maya Angelou nació con piel de color dentro de una familia de escasos recursos en Estados Unidos, en 1928, una época donde hubo una gran segregación racial en ese país. Para empeorar su situación, sufrió un terrible trauma en la infancia: fue violada por el novio de su madre, un poco antes de que Maya cumpliera ocho años de edad. Cuando le contó a su familia lo que había sucedido, el novio de su madre fue golpeado hasta morir. En su lógica infantil, ella dedujo que su voz había matado a ese hombre.

Profundamente traumatizada y sintiéndose culpable, dejó de hablar y permaneció muda durante casi seis años.

Incluso con un comienzo de traumas y dificultades, que hicieron su vida más complicada que la de la gente de color norteamericana de esa época, Maya construyó una historia memorable. A los 16 años fue la primera conductora de tranvía de la ciudad de San Francisco. Más tarde, buscando alcanzar sus sueños, comenzó a construir su carrera artística. Fue cantante, compositora, actriz, guionista, escritora y poetisa. Escribió numerosos libros, incluso algunos autobiográficos, sin miedo a exponer su historia. En los años 50, se unió a Martin Luther King Jr. En la lucha por los derechos civiles, contra la segregación racial.

Los de piel de color no podían ir a los mismos lugares que los blancos y eran considerados seres inferiores. Martin Luther King Jr. Y su esposa contaron con el apoyo y la amistad de Maya en la lucha contra la injusticia y el prejuicio. Maya presenció el asesinato de su amigo el día en que ella cumplía 40 años, pero en lugar de renunciar, se comprometió aún más en su lucha.

Ella quería ayudar a otras personas. Quería que otras personas de color entendieran que podían cambiar su historia, que no necesitaban aceptar lo que el sistema había escrito para ellas. Maya no fue a la universidad, pero recibió más de 30 títulos honorarios y fue profesora universitaria durante años. Fue homenajeada varias veces en vida, incluso por los presidentes Bill Clinton y Barack Obama, quienes se convirtieron en sus amigos.

Su influencia fue tan grande que, cuando murió. En 2014, Obama afirmó que fue “una de las luces más brillantes de nuestra época” y la conductora Oprah Winfrey, quien también fue su amiga, resumió: “Cuando aprendas, enseña. Cuando tengas, da. Esa es una de las mejores lecciones que aprendí de Maya”.

Una mujer extraordinaria, que venció dificultades inimaginables dentro de sí misma y también en la sociedad, luchó por sus sueños y cambió la historia que la situación a su alrededor intentó crear para ella. Maya dijo en una ocasión: “Si no te gusta algo, cámbialo. Si no puedes cambiarlo, cambia tu actitud. No te quejes”.

Aquí está su respuesta. Cada vez que surja un problema, cualquier problema, en cualquier área, y usted se dé cuenta de que la vieja costumbre de quejarse empieza a brotar en su mente, piense: ¿Qué puedo hacer para cambiar esta situación? Piense en una actitud que pueda tomar para mejorar el panorama, por menor que sea. Probablemente hay algo que usted pueda hacer. Pero, si no hay nada, cambie su actitud con relación al problema. Eso siempre está a su alcance. Su forma de reaccionar ante las situaciones determina su éxito o su fracaso. Cuando todo en su vida parezca estar fuera de control, sepa que lo único que nadie puede quitar de su control es esto: su capacidad de elegir cuál será su reacción.

Entienda que, si quejarse es un hábito que aprendió, es posible desaprenderlo. Los hábitos son así. Uno aprende y desaprende. Elimina uno desarrollando otro. Si está acostumbrado a quejarse, empiece a controlarse para cambiar la queja por acción.

La acción es el antídoto contra la queja. Si no puede hacer nada al respecto de la situación, ¿de qué sirve quejarse? Cambie, entonces, su postura frente al problema, su forma de verlo. Si no puede revertir una situación, aprenda de ella. Algo bueno surgirá de allí. La elección es suya.

Su inteligencia es un farol que ilumina su vida, pero no le hace caminar; hay mucha gente inteligente en el fondo del pozo. Lo que le hace caminar es elegir reaccionar positivamente, independientemente de las circunstancias. Es con guerra, con lucha, con fuerza de voluntad, que usted verá cómo algunas cosas cambian en su vida, y no con quejas.

Todo el mundo tiene luchas, pero la victoria no es para todo el mundo. La victoria es solo para quien persevera. Quien quiera abrazar la queja tendrá que conformarse con una vida limitada y con la reputación de ser una persona fastidiosa y agotadora. Y, ahora, ya descubrieron que esa práctica puede hacer mucho daño a la salud.

Una investigación reciente de la Universidad de Stanford mostró que una persona expuesta a 30 minutos diarios de quejas acaba sufriendo daños físicos en su cerebro. La queja daña a las neuronas en el área del cerebro responsable por la solución de problemas. Las quejas literalmente le quita la “cáscara” a las neuronas. Eso es muy grave. ¿Se imagina lo que le puede pasar a alguien que tiene las neuronas dañadas justamente en el área responsable por resolver problemas? Es decir, cuanto más usted se queja o convive con personas que se quejan, más difícil será resolver los problemas. Además, el estudio demostró que quejarse también drena la energía de la persona. Por eso escuchar quejas nos deja tan exhaustos. Y tal vez sea por eso que usted termina su día arrastrándose por la casa.

Entonces, no se deje llevar por las quejas de los demás y empiece a vigilarse para no convertirse en un “descascarador” de neuronas. Busque alternativas para resolver la situación o enfrentarla de una manera positiva. Aprenda a usar sus palabras y sus pensamientos a su favor. Si su mente no piensa en cosas buenas, pensará en cosas malas. Y quien elige es usted.

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