Enfermedades del Alma – Segunda Parte

2. La envidia

La envidia es un sentimiento de inferioridad y disgusto ante la felicidad de los demás. La persona envidiosa codicia las bendiciones, la prosperidad y el brillo ajeno. Es decir, alberga un deseo constante de obtener, a toda costa, las conquistas de otras personas. Pero no solo eso. El envidioso se alegra cuando los planes de su prójimo salen mal y se siente satisfecho al observar su infelicidad. Sus energías no son empleadas en realizar sus propios sueños, sino en arrebatar los sueños de los demás.

Sin embargo, al contrario de lo que pueda parecer, el sentimiento de envidia no se encuentra únicamente entre los incrédulos, sino también entre los cristianos y en el seno de muchas familias. Un ejemplo de esto serían los hermanos de José, que por envidia lo vendieron como esclavo; o también los religiosos de la época de Jesús, que movidos por el mismo sentimiento mezquino, Lo crucificaron.

Cuando el Señor Jesús fue crucificado en la cruz del Calvario fue evidente la envidia de aquellos que clamaron por su muerte. Este sentimiento negativo fue tan notorio, que se hizo visible a los ojos de Pilato.

“Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?” (Mateo 27:17).

Lo más triste de este episodio se encuentra explícito en los siguientes versículos, cuando constatamos que los principales sacerdotes y ancianos convencieron a la multitud para que pidieran la muerte del Señor Jesús.

A través de este relato podemos ver que la envidia no solo se encuentra entre los incrédulos, sino también dentro de la iglesia, entre miembros y hasta en líderes religiosos. Sin embargo, sea dentro o fuera de la iglesia, la envidia posee el mismo efecto destructor. Es un enemigo invisible capaz de causar daños terribles a sus víctimas.

Dios nos alertó acerca de esta fuerza destructiva de la envidia, cuando dejó escrito en Su Palabra, “Cruel es la ira, e impetuoso el furor; Mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?” (Proverbios 27:4).

¿Cuántas personas estaban a punto de recibir una promoción en su empresa, firmar un contrato o comprar un bien y, de repente, sin ninguna explicación, perdieron la oportunidad e, incluso, lo que ya poseían? Esto sucede por la fuerza destructora de la envidia proyectada por las personas que la rodean.

Desafortunadamente, el sentimiento de envidia a veces se encuentra en el seno de la propia familia. José era el hijo más amado de Jacob, temeroso de Dios, pero enfrentó sus mayores dificultades con los de su propia casa al punto de ser vendido como esclavo:

“Los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; pero Dios estaba con él” (Hechos 7:9).

Después de esto, José vivió los peores momentos de su vida. Se convirtió en esclavo, fue tratado injustamente y fue humillado, pero Dios, que estaba con él, le libró de todas sus tribulaciones. Le dio gracia y sabiduría delante de Faraón, y este le constituyó gobernador de Egipto.

A través de esto podemos ver que la envidia puede llegar a afectar al cristiano, pero cuando este permanece en la fe poniendo todas sus fuerzas en Dios, la injusticia provocada por la envidia se convierte en justicia por la poderosa mano de Dios. Solo tienen fuerzas para prevalecer delante del ataque de los envidiosos aquellos que poseen al propio Dios en su interior. De ahí la importancia de tener el bautismo con el Espíritu Santo, pues solo Él nos podrá llevar por un camino contrario a los daños perpetuos que la envidia puede causar.

¿Cómo combatir la envidia?

Si usted siente que ha sido víctima de envidia o reconoce que es una persona envidiosa y desea liberarse de este sentimiento, participe en la Reunión de Liberación, que se lleva a cabo todos los viernes, en el Centro de Ayuda Cristiano.

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1 comentario en “Enfermedades del Alma – Segunda Parte”

  1. Carmenza cardenas

    La envidia es un veneno incapaz de dejarser feliz aquí en es víctima.Ho lo digo delante de Dios gracias a mi Dios nunca he sentido envidia de nada me ciento muy conforme como persona.

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