Enfermedades del Alma

  1. La Vanidad

El diccionario describe la vanidad como «cualidad de lo que es vano, vacío, hueco; valoración exagerada de los propios atributivos físicos o intelectuales».

La Biblia nos alerta en cuanto al cuidado de nuestra salud, dado que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo. Sin embargo, muchas personas van más allá del cuidado personal al dejarse llevar por el deseo desenfrenado de llamar la atención. Cuando esto sucede, se olvidan de los cuidados para con la mente y el espíritu para enforcarse únicamente en la apariencia física. Se vuelven adoradoras de sí mismas. Esto hace con que terminen reflejando una condición espiritual decadente, vacías de la paz y la alegría que solo puede aportar una comunión íntima con Dios.

La Biblia cita hombres y mujeres hermanos. José, David y Ester son solo algunos ejemplos. Sin embargo, lo que realmente lo que los hizo destacar de entre el resto y ser escogidos por Dios para protagonizar grandes hazañas fueron sus actitudes, como el amor hacia el prójimo, su temor a Dios, y, sobre todo, su humildad.

La mayor de todas las pruebas de que Dios no desea que prioricemos aspectos exteriores fue la apariencia que le dio a Su propio Hijo cuando lo envió para estar entre los hombres:

«Subirá cual renuevo delante de Él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos» (Isaías 53:2).

Otro buen ejemplo es el rey Salomón. Después de disfrutar de todo el lujo y los placeres que el mundo podía ofrecer, él mismo reconoció que todo era vanidad y que todos los éxitos alcanzados en este mundo desaparecen con el último suspiro, como dejó plasmado en el libro de Eclesiastés:

«No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol» (Eclesiastés)

Salomón, el hombre más rico de todos los tiempos, llegó al final de sus días manifestando una profunda insatisfacción. Actualmente no es diferente. Muchas personas están en una búsqueda incesante de conquistas, estatus, coches, mansiones, el cuerpo perfecto según el canon de la época… pero siempre se sienten insatisfechos. Lo que no saben es que, en realidad, el deseo ardiente que tienen en su interior es por algo que nunca encontrarán en algo material. La insatisfacción está en el alma, y lo único que puede llenarla no tiene nada que ver con las cosas de este mundo.

«En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (Juan 7:37)

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