La apariencia

Desde muy temprana edad escuchamos que la apariencia es importante, que es necesario causar una buena impresión a primera vista, que una mujer tiene que ser bonita, tiene que ser atractiva, tiene que cuidar todo y casi una lista interminable de «tiene que».

Fuimos criadas en medio de tantas exigencias que terminamos haciendo de «tripas corazón», un viejo dicho que significa un sacrificio sobrehumano para desempeñar todos nuestros roles.

Cada año, el peso solo aumenta, porque cuanto más empoderada se vuelve una mujer, más la aprisiona la esclavitud. Tiene que ser más fuerte, más activa, más independiente, más delgada, más elegante, más controladora, mejor informada…

¡Qué decir de la lucha por la buena apariencia!

Solo que esta es una guerra perdida, porque no estaremos físicamente más bonitas cada día. Eso es publicidad engañosa.

Nuestro cuerpo se deteriora con el tiempo. No hay vitamina, ejercicio, cirugía plástica, láser o crema que pueda impedir que la piel deje de arrugarse y los órganos de envejecer.

Sin embargo, si la buena apariencia fuera algo fundamental, ¿por qué el Señor Jesús es descrito en la Biblia como alguien que no llamaba la atención por sus dones físicos?

«[Él] no tiene aspecto hermoso ni majestad para que le miremos, ni apariencia para que le deseemos» (Isaías 53:2).

El hombre más lleno de belleza y gloria no tenía una apariencia digna de elogio en este mundo.

Social y físicamente, lo veían como una persona común, sin linaje especial ni nacimiento noble. Pero allí estaba el más grande y el mejor de todos los hombres.

Entonces, ¿por qué quedarse atrapada en lo que Dios no ve importante?

¿Por qué seguir un sistema que causa tanto dolor?

¡Deja de hacer grandes sacrificios por lo que es pasajero y terrenal!

¡Deja de darle el poder a los demás de aprobarte o desaprobarte!

¡Deja de definir tu valor por la marca de ropa que usas, la casa en la que vives o el coche que conduce!

¡Deja de estar disponible para todo y todos para demostrar que eres buena, dulce o competente!

¡Para, para, para!

¡Sal de estas competencias sin sentido y patrones crueles que causan tanto sufrimiento! ¿Vamos a tomar una decisión que realmente traiga libertad?

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