La confianza en Dios de aquel que tiene el Espíritu Santo

Uno de los privilegios de tener el Espíritu Santo es disfrutar de una seguridad que nada en este mundo puede dar. Digo esto porque, además de que el Espíritu Santo proporciona una comunión profunda con Dios, Él también concede una confianza y una especie de garantía íntima de que el Señor cuida los mínimos detalles en la vida de los Suyos.

Sabemos que el hombre común es bombardeado por incertidumbres en cuanto a su carrera, a su familia, a su estabilidad, a sus sueños, a su futuro y a su destino después de la muerte. Sin embargo, quien nace de nuevo y recibe el Espíritu de Dios no vive ese caos emocional y espiritual, pues sabe a Quién pertenece; por eso, cree y descansa, en la certeza de que su vida está bajo el control del Cielo, no bajo el de los hombres.

Vemos esta seguridad constante en el Señor Jesús que, aun viviendo como uno de nosotros, o sea, con la misma naturaleza humana que la nuestra, confió en los pasos que el Padre Le orientaba.

Por ejemplo, el Hijo de Dios estaba constantemente bajo el punto de mira de los maestros judíos, no porque Lo admirasen o porque querían alimentarse de Sus Mensajes, sino porque querían contradecirlos. Basta con leer algunos capítulos de los Evangelios que narran la vida diaria del Señor Jesús para ver que los escribas y los fariseos refutaban constantemente las Palabras del Hijo de Dios. Por increíble que parezca, las mayores persecuciones que el Señor Jesús sufrió no fueron causadas por los pueblos paganos, como los romanos o los griegos, sino por Su propio pueblo. De esta manera, cuando Él nos alerta sobre nuestras mayores luchas, que serían con las personas cercanas, como los de nuestra casa, Él lo hace con la experiencia de quien vivió eso en la propia piel.

Sin embargo, ninguna embestida del diablo o de las personas, agresión, pérdida o desprecio dejaba al Señor Jesús en duda con respecto a la fidelidad del Padre, mucho menos debilitado en la fe o desanimado para continuar Su misión.

La radiante certeza que Él tenía sobre el propósito de Dios para Su vida y sobre Su destino, que pronto sería transitado, salta de las páginas de las Escrituras. Observa:

«Porque Yo sé de dónde he venido y adónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy». Juan 8:14

El Señor Jesús demostró que es posible no dejarse influenciar por críticas ni ser vencido por las persecuciones, las decepciones y las mentiras. Y, lo que es mejor: es posible vivir sin miedos y sin dudas, teniendo el pleno conocimiento de quiénes somos, pues vivimos para la eternidad, que es el destino de todo aquel que cree.

Si tú también quieres tener una vida de certezas tan fuertes como la de nuestro Señor, vive la misma comunión que Él tuvo con Dios.

Obviamente serás considerado como un “extraño” en un mundo de tantas dudas e ignorancia espiritual, pero valdrá la pena, pues lograrás responder las preguntas más importantes de la vida:

• ¿Quién soy? — Soy hijo del Dios Altísimo.

• ¿Quién me garantiza la condición de hijo de Dios? — La fe que yo tengo en Él, a través de Su Espíritu en mí.
• ¿Cuál es mi destino? — El Cielo, el lugar donde vive mi Padre.

Con esta seguridad en mente podrás dormir tranquilo pues tendrás la certeza de que cuando te despiertes al día siguiente, el Señor Jesús estará contigo para enfrentar cualquier lucha. Y si no te despertases es porque habrás partido para estar siempre con Él.

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