A veces las personas no entienden que lo que Dios quiere hacer en sus vidas es algo muy grande, que sobrepasa, incluso, la más fértil imaginación. Él quiere que cada uno de nosotros sea un referencial, un testimonio que salve a muchas personas. Pero, antes, debemos encontrar el Tesoro.

“Cuando una persona recibe el Espíritu Santo, su luz brilla en las tinieblas. Todo el mundo puede ver algo diferente en esa persona. El Espíritu Santo es el tesoro escondido en el campo”, asegura el obispo Paulo Roberto.

La Biblia cuenta que cuando un hombre encontró un tesoro escondido en un campo, vendió todo lo que tenía para comprar aquel terreno: “El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo” (Mateo 13:44)

“Así es el Espíritu Santo. Es la mayor de todas las riquezas. Vale más que todo lo que hay en este mundo. Por eso, para que uno pueda conquistar este Tesoro, debe entregar toda su vida”, decía.

Moisés también entregó todo para tener este tesoro. Él nació cuando el pueblo de Israel era esclavo en Egipto, pero cuando faraón decretó la muerte de todos los niños israelitas, su madre se vio obligada a abandonarlo en el río Éufrates. El pequeño Moisés fue rescatado por la hija de faraón y posteriormente criado en el palacio faraónico. Tenía la vida asegurada, acceso a una buena educación y riquezas materiales incalculables.

Sin embargo, Moisés no era feliz. El lujo y la ostentación no podían aplacar el inmenso dolor que sentía al ver a su pueblo siendo maltratado y esclavizado. “Así también muchas veces las personas están enfocadas en conquistar riquezas y posición, pero al final acaban sintiéndose vacías porque no tienen el Espíritu Santo”, enseñaba el obispo.

En sus primeros años de vida, Moisés había escuchado a su madre hablar sobre la Palabra de Dios, y cuando se vio inmerso en aquel conflicto interior, comprendió que Dios quería usarlo para liberar a Su pueblo. Sin embargo, para servir para los propósitos de Dios, debía tomar una decisión muy difícil: renunciar a todo.

Por eso, la Biblia dice:

“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado. Teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:26)

El pecado trae deleites, pero deleites temporales. Una vez que estos terminan, dan lugar al vacío, la tristeza, la depresión y el tormento. Moisés valoró más la presencia de Dios que las cosas materiales o el pecado, pues sabía que solo la presencia de Dios podría darle paz y un significado a su vida.

“Moisés tenía puesta la mirada en el galardón, el Espíritu Santo. ¿Dónde está su mirada? ¿En placeres que duran poco? ¿En cosas materiales que no llenan su vacío interior? Nuestra mirada debe estar en el galardón, en encontrar este tesoro escondido, que es el Espíritu Santo. Cuando uno recibe el Espíritu Santo, marca la diferencia”, aseveraba el obispo.

Moisés hizo un sacrificio enorme. Para muchos, la decisión de dejar el palacio y la vida de lujos sería una locura, pero él creyó que Dios tenía un mejor plan. Y así fue. Dios usó a Moisés para liberar a Su pueblo después de 430 años de esclavitud y lo engrandeció más allá de lo que podría imaginar.

Dios quiere salvar almas a través de su testimonio, pero para ello debe abrir mano de todo y entregarse de cuerpo, alma y espíritu. El Espíritu Santo es el Tesoro escondido en el campo. Es el mayor galardón. La verdadera riqueza. El que nos capacita para alcanzar lo que no podríamos alcanzar solos, y el que nos hace luz para alumbrar el camino de aquellos que se encuentran en tinieblas.