Ser vencedores depende de nosotros

Muchos cristianos, con fe sincera en Dios, se encuentran con sus vidas totalmente alejados de Él. Muchos están hasta cansados de orar, ayunar, esforzarse, pero nada sucede en sus vidas.

Nosotros, no podemos aceptar esa situación. Todo lo que hacemos, sean proyectos o por, es con espíritu de lucha, esperando de Dios aquello que Él nos prometió. Es claro que, para eso, es necesario primeramente exigir de nosotros mismos: Colocar nuestras vidas en las manos de Dios. Cuando hacemos nuestra parte, ciertamente Dios hace la Suya.

Reafirmo que nuestra vida depende de nosotros mismos. Dios creó al ser humano con libre albedrío, para tomar decisiones propias. Cuando tomamos la decisión cierta, más pronto o más tarde recogemos los frutos de nuestra decisión. Tenemos que tener cuidado a la hora de sembrar, pues de semillas ruínes no se hace buena cosecha. La buena semilla trae buenos frutos a nuestras manos.

Lo más importante en la vida de una persona es el hecho de que la misma está entregrada a la voluntad de Dios, pues de este modo, todo saldrá bien. Cuando optamos por hacer la voluntad de nuestro Padre, Él indefectiblemente bendice nuestras vidas. Es una consecuencia natural de la obediencia.

Mire, amigo mío, amiga mía, debemos esperar de Dios aquello que Él mismo nos prometió. Aunque pase el tiempo, las promesas de Dios han de prevalecer, conforme está revelado en las Escrituras:

«Pasará el cielo y la tierra, pero mis palabras no pasarán» (Mateo 24:35).

En la iglesia, las personas, cada día, toman posesión de lo que les pertenece por derecho. La fe cristiana es inteligente: Produce el efecto que deseamos. Por eso, es preciso colocar nuestra fe, corazón, mente, vida en las manos de Dios. Sólo así, Él quedará en la condición de cumplir Su Palabra. Dios no miente. Él no vuelve atrás en lo que dice. Si crees en esta Palabra, pon en práctica en tu vida, y espera la recompensa de Dios.

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